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INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

Cognición y Epistemología. Política y Sociedad, Estado, Democracia, Legitimidad, Representatividad, Equidad Social, Colonización Cultural, Informalidad y Precariedad Laborales, Cleptocracia, Neoconservadurismo, Gobiernos Neoliberales, Vulnerabilidad, Marginaciones, y Exclusión Colectivas y Masivas, Kirchnerismo Peronista, Humanidades, Sociología, Ciudadanía Plena, Descolectivización e Individualismo, Derechos Sociopolíticos, Flexibilidad ocupacional. Migraciones Laborales. Discriminaciones por Género, y Étnico-raciales, Políticas Socioeconómicas, Liberalismo neoconservador, Regímenes neoliberales de acumulación, Explotación laboral, Mercado de trabajo, Flexibilización y precariedad ocupacional, Desempleo, subocupación, subempleo, Trabajo informal...

ABORDAJES SISTÉMICOS DE LA SOCIEDAD - Juan Labiaguerre

La concepción denominada, convencionalmente, “sociología funcionalista” refiere a una especialización científica que asume una perspectiva investigadora pretendidamente estricta, estructural, analítica, formalizada, empírica, explicativo-predictiva y de retórica objetivista, en su aproximación al estudio de la realidad social. Dichas características atañen a un enfoque del trabajo de investigación predominante durante gran parte de la centuria pasada [1].

En la obra de Merton, ya hacia mediados del siglo XX, “se ilustra, no sólo una explícita relación de las bases del modelo tradicional, sino también la consolidación de un estilo de hacer sociología [ligado] estrechamente a una tradición intelectual específica, la estadounidense, que se extendía a los países europeos y a la incipiente sociología latinoamericana” [2]. Los caracteres principales, correspondientes a la <escuela sociológica funcional>, pueden desarrollarse a través de los siguientes puntos:

a) se define la disciplina en términos estrictos, de modo que esta ciencia social presenta un campo de estudio claramente identificado, y circunscrito, el cual se diferenciaría, con meridiana nitidez, con relación a las áreas de investigación de las otras ramas del mismo espacio abarcado por el conjunto de las «humanidades»; 

b) el precitado dominio temático propio responde al estudio de los sistemas sociales y, fundamentalmente, al análisis de las estructuras mediante las cuales es organizada, con cierto grado de estabilidad, la interacción social dentro de cada uno de dichos sistemas;

c) la disciplina es concebida “como una ciencia, dedicada a una labor de construcción de conocimientos, anterior -y separable- de las potenciales aplicaciones tecnológicas de ese saber” [3];

d) resulta enfatizada la perspectiva analítica de los estudios sociológicos, en la medida en que ellos deberían orientarse hacia una aproximación a la realidad social, en términos de un conjunto de conceptos y teorías, útiles a fin de seleccionar determinados aspectos del estudio de una sociedad;

e) se manifiesta una proclividad a la formalización de la disciplina, dada la tendencia a procurar que el conocimiento de la sociología sea elaborado a través de teorías expresadas en un lenguaje de variables, o indicadores, mensurables, “cuyas relaciones se describen con precisión en términos lógicos o matemáticos” [4];

f) la concepción antedicha obedece a una postura de corte empirista, ya que se apunta a fundamentar el conocimiento sociológico en un caudal de datos observacionales acerca de la vida social;

g) se ha fijado un propósito <explicativo-predictivo> en el terreno disciplinario, pues la finalidad última que constituye el objeto de esta ciencia radica en la explicación de los hechos sociales observados y la predicción de aquellos procesos colectivos que, eventualmente, podrían desarrollarse en el porvenir [5];

h) el corpus de la disciplina es la «sociología sistemática», o conjunto de teorías sustentadas en pruebas empíricas vigentes;

i) es asignada una responsabilidad específica, en la construcción de los conocimientos propios del campo, a los sociólogos-investigadores, especialistas que, sobre la base de su entrenamiento académico e investigativo, se encuentran “en posesión del instrumento teórico y metodológico característico de la disciplina, y poseen una calificación reconocida para cultivarla” [6];

j) finalmente, se usa una <retórica objetivista>, a efectos de expresar y comunicar el contenido, anteriormente consignado, del conocimiento especializado, con el objeto de excluir las apreciaciones subjetivas, estilo que ha sido modelado a semejanza del que utilizan las ciencias naturales.

La concepción desarrollada resulta coherente con la idea de investigación, y teorización, científicas, puesta en práctica en el ámbito de los fenómenos propios de la naturaleza; además, “el prestigio y respeto, derivados de tal fundamento, explica en gran parte la preeminencia y estabilidad que logró en el ejercicio concreto de la investigación sociológica” [7]. Por otra parte, los rasgos salientes descritos presentan una interconexión evidente, dado que conforman un modelo consistente, al interior del cual cada uno de sus caracteres se conecta recíprocamente con el resto, haciendo incuestionable, de hecho, la validez de los mismos considerados de una manera aislada. Cabe señalar que este planteo orientó la actividad investigativa de la sociología llamada funcionalista, aunque en distintos momentos de la centuria pasada su tendencia al predominio, en determinados ámbitos académicos, fue puesta en tela de juicio.

Asimismo, “las propuestas críticas respecto a este modelo, que por largo tiempo mantuvieron un status marginal, en referencia al grueso de la comunidad científica de esta disciplina, y del trabajo que ella realizaba, fueron ganando aceptación en las últimas décadas del siglo” [8]. Con el transcurrir del tiempo se ha procurado la articulación de un enfoque que integra la visión del conocimiento sociológico a perspectivas críticas con relación a los encuadres teórico-metodológicos meramente «funcionales». Ello implica un tratamiento más diversificado, que presenta como resultante “un modo diferente de entender el quehacer de la disciplina” [9].

Por otra parte, ya a fines del siglo XX se señalaba que “es necesario consultar a físicos como Heins von Frozer, biólogos como Maturana, o psicólogos como Piaget para constatar que una epistemología operativa [con la estructura de la teoría de los sistemas sociales] no es nada extraordinaria, sino que dispone de argumentos convincentes y referencia empíricas. Sólo la sociología, por carecer de competencia teórica, no ha participado, hasta ahora, es estas discusiones transdisciplinarias”. La elaboración conceptual de Luhmann, según el propio autor, procuraría eliminar dicho distanciamiento. Sin embargo, esa “orientación hacia la transdisciplinariedad no significa que el orden social sea reducido a hechos psicológicos, biológicos o sociológicos [...] Y mucho menos que se argumente con analogías físicas [...] o echando mano de un recurso retórico con las metáforas correspondientes”. La teoría luhmanniana sostendría una especie de “relativismo radical sistémico, [excluyendo] cualquier continuum ontológico de la realidad [presupuesto] en la propia conclusión analógica”. Asimismo, “quien considera seriamente al ser humano como una unidad concreta y empírica, formada física y química, orgánica y psicológicamente, no puede concebir al individuo como parte del sistema social” [10].

Al respecto, puede indicarse que “la teoría sistémica nace sobrecogida por el modelo del equilibrio de los sistemas, aunque este entendimiento ya había sido empleado en el contexto [histórico] del siglo XVII”, aludiéndose, en economía política, al concepto de equilibrio del mercado (balance of trade) internacional. En tal sentido, “el modelo del equilibrio [posibilitó] que se vislumbrara una teoría general de los sistemas, [por lo cual] no se puede hablar de un descubrimiento propio en el campo de lo sistémico, sino de una variante de aquel pensamiento [remoto] sobre la estabilidad” [11].

Según Luhmann, es posible diferenciar “los sistemas orgánicos y neurofisiológicos (células, sistema nervioso, de inmunización) de los psíquicos y sociales constituidos por el sentido. Para todos estos niveles de formación de sistemas vale la ley fundamental de la autorreferencia, pero para [los primeros] vale un sentido más radical y exclusivo [...] Los límites de los sistemas y del entorno [en los segundos] pueden quedar incluidos en estructuras y procesos plenos de sentido, aunque de manera distinta al sistema nervioso”. Se apreciaría entonces con nitidez, de acuerdo al autor de referencia, “el logro de la adquisición evolutiva del sentido sobre la base de una irrefrenable autorreferencialidad en la constitución del sistema” [12].

Asimismo, “como en cualquier elección de método, incluso en cualquier epistemología, existen afinidades claras para con determinadas disposiciones del concepto técnico. Aquí, la afinidad se dirige hacia los intereses del conocimiento que son señalados con conceptos como complejidad, contingencia, selección. El análisis funcional utiliza el proceso de la relación con el fin de comprender lo existente como contingente, y lo diverso como comparable [equivalencias funcionales]... Los problemas sólo son problemas cuando no se los puede aislar, trabajar y resolver parte por parte [...] Hablamos mucho de diferenciación de disposiciones de funciones; pero eso jamás significa desprendimiento o separación del contexto original, sino únicamente establecimiento de diferencias relacionadas con funciones internas del sistema [...] Proceso de diferenciación de subsistemas funcionales quiere decir, por ejemplo, establecimiento de nuevas diferencias entre sistema y entorno dentro del sistema original” [13].

“El rendimiento del método funcional y el valor explicativo de sus resultados dependen de cómo se especifique la relación entre el problema y la posible solución del mismo, [indicando] condiciones más limitadas de la posibilidad, lo cual significa, para las ciencias empíricas, apelación a la causalidad... [Dicho] método no sólo consiste en descubrir leyes causales con el fin de declarar necesarios (o suficientemente probados) determinados efectos, al existir determinadas causas [...] La ganancia de conocimiento se opone prácticamente a las causalidades; consiste, más bien, en su comparación. Se puede lograr incluso cuando las causalidades, en principio, sólo se supongan hipotéticas y no suficientemente investigadas [14] [...] En consecuencia, no podría soslayarse “la hipoteticidad pura de las suposiciones causales, sino integrarla en la comparación” [15].

Luhmann señala, además, que “la tendencia principal de la investigación sociológica renuncia [...] a tal construcción metodológica y se limita, simplemente, a descubrir causalidades incómodas, funciones latentes, etcétera, a lo cual se denomina crítico o progresista; sin embargo, [ello] no hace sino conducir a la pregunta [acerca] de cómo podrían resolverse de otra manera los problemas fundamentales [...] El método funcional es, en última instancia, un método comparativo, y su introducción en la realidad sirve para abrir lo existente a una mirada de reojo a otras posibilidades”. Por ende, la explicación funcionalista constituye “la expansión (en general) y la limitación (en concreto) de las equivalencias funcionales” [16].

Teniendo en cuenta los fundamentos expuestos, “el verdadero rendimiento teórico que prepara la aplicación de los análisis funcionales se encuentra [...] en la construcción del problema, [circunstancia que remite a] la relación entre el análisis funcional y la teoría del sistema”. De esta manera, se ubica dicho análisis, en primer lugar, dentro de la referencia sistémica del sistema científico, situación legitimada desde los puntos de vista empírico como, así también, histórico. Al respecto, “desde el siglo XVII existe en el sistema científico la tesis de que la relación de la función [conforma] el principio de selección realmente fructífero de los datos científicamente relevantes, [denominándose] a las reglas que estarán vigentes en esta referencia método funcional  [17]. El enfoque luhmanniano sostiene en ese sentido que “la teoría de la ciencia y la metodología imperante, fascinada por la suposición de un paralelo entre la estructura enunciativa y la [...] del objeto, han descuidado este proceso de [garantía] del conocimiento y, [de tal modo] han llevado al escepticismo, difundido con respecto a los resultados metodológicos del análisis funcional” [18].

Luhmann reafirma que “las verdades sólo aparecen en contexto, mientras que los errores [lo hacen] en forma aislada. Cuando el análisis funcional logra demostrar conexiones, pese a la gran heterogeneidad y diversidad de las apariencias, puede funcionar como indicador para la verdad, incluso si las conexiones sólo son reconocibles para el observador. En todo caso, en esta técnica de la aprehensión cognoscitiva se vuelve más difícil retener la convicción de que los resultados podrían basarse en un método erróneo, en una equivocación, o en pura imaginación. Con ello de ninguna manera se quiere decir que la forma semántica en que se presentan corresponde a la realidad; pero sí que aprehende [la misma], es decir, que prueba su eficacia como forma de orden, en relación con una realidad igualmente ordenada” [19]

“El humanismo también reproduce un concepto de naturaleza y, por lo tanto, debe enfrentarse al dilema de su propia limitación. Es necesario no interpretar la distinción entre dimensión objetiva y dimensión social como distinción entre naturaleza y hombre. El progreso teórico estriba precisamente en evitar este angostamiento humanista. Frente a cualquier articulación de sentido, la dimensión social tiene una independencia que acomete todo, de lo que resulta que, [ante] las perspectivas del ego, se toman también en cuenta una (o muchas) perspectivas del alter  [20] [...] Lo social es sentido no porque se vincule a determinados objetos (hombres), sino por ser portador de una reduplicación particular de posibilidades de entendimiento” [21].

Por otra parte, “la sociedad se encuentra cada vez más en confrontación continua con una realidad autoproducida, [frente a] personas que son lo que son mediante socialización y educación [y ante] una naturaleza físico-químico-orgánica dirigida en el contexto de los procesos técnicos” [22]. Más adelante, el autor de marras agrega que “si se acepta la idea de doble contingencia como un problema que actúa de manera autocatalizadora, surgen consecuencias profundas para la teoría presentada sobre estas bases, [al no poder] fundamentar la estabilidad del orden social ni en la naturaleza ni en normas o valores a priori  [23].

Según el enfoque luhmanniano, “para la tradición humanista el ser humano se encuentra dentro y no fuera del orden social, como elemento de la sociedad misma [24] [...] No sólo se pensaba que el hombre dependía del orden social (lo que nadie discute), sino que también estaba ligado a una manera específica de vivir en la sociedad. Su existencia sólo podía realizarse en la sociedad. Durante la Edad Media, el carácter político urbano fue sustituido por el carácter social del orden de la sociedad [...] Del zoon politikon se pasó al animal social. En ambos casos, la naturaleza (el poder crecer o realizar la forma) del ser humano se concebía como determinada por requisitos normativos del orden social [25].

Teniendo en cuenta que la semántica correspondiente al orden precitado debió ser, considerada estrictamente, el derecho natural, “la naturaleza se tuvo que concebir [en tanto] normativa, [lo cual] no sólo tenía aspectos fundantes de derecho, sino [además] componentes ontológicos”, en la medida en que el nivel de realidad aún concebible en términos de ser natural no podía traspasarse: el hombre era el elemento último natural dentro de una sociedad apreciada “como convivencia del ser humano desarrollada alrededor de la ciudad, como un cuerpo sui generis “constituido a su vez por elementos desunidos físicamente”; en un sentido más amplio, era concebido en cuanto totalidad de seres humanos o humanidad  [26].

Una iniciativa teórica en lo que respecta a la reconstrucción semántica del orden social remite a “las doctrinas contractuales del derecho racional tardío”, las cuales advierten acerca de ciertas transformaciones socioestructurales del mundo contemporáneo que requieren una mayor movilidad social, ante la distensión de las vinculaciones anteriormente presupuestas, v.g., “en el círculo de vida doméstico y local. La idea de considerar a la sociedad como un contrato formula una máxima nueva para este periodo de transición: libre pero firme  [27]. Asimismo, la biología, la psicología y la sociología se separan. Las ciencias mismas se distancian de las regulaciones normativas del derecho, de los conceptos religiosos, de los valores y los fines políticos. En el siglo XIX, [la noción] de analogía con el organismo da la impresión de encogimiento”; principalmente en referencia a los progresos científicos llevados a cabo en el campo biológico, pareciera que los fenómenos sociales dejasen de resultar asimilables a los procesos característicos del universo natural  [28]. Dentro del contexto histórico decimonónico, “la sociología se pregunta por las bases no contractuales de la vinculación [propia] de los contratos. El hombre ya no es siquiera capaz de efectuar un contrato. Esto se lo debe a la sociabilidad, a la sociedad” [29]. En forma previa, a mediados del siglo XVIII, “en gran medida resultó natural decidir el futuro [...] sobre el valor de una acción, esto es, el concepto de utilidad, lo cual se concibió como una liberación de las prohibiciones, de las restricciones tradicionales, de las cargas que sólo se pueden explicar históricamente” [30].

En la visión de Luhmann, “las sociedades estratificadas, en lo esencial, han de entenderse sobre la base de [cierto] mecanismo, no muy claramente diferenciado de la economía, de la política, del derecho y del lenguaje. En el ámbito particular, el sistema de inmunidad no necesariamente protege las estructuras concretas, sino más bien la concentración de potencial de cambio en la cúspide” [31]. Con el advenimiento de la era moderna el ser humano “pierde seguridad automática” [por naturaleza], de modo tal que “las disposiciones de conflicto individuales son regulables por medio de la estructura del sistema social. La semántica del derecho se transforma de naturaleza en libertad. Así, las disposiciones para el sistema de inmunidad están más desligadas de la estructura, más abstraídas, y son más inestables, por lo que recurren a estímulos a corto plazo, como si con una civilización más desarrollada el cuerpo social debiera estar preparado para las enfermedades”.

Por otro lado, “en el nivel de la teoría general de sistemas (y mediante conceptos que, por ejemplo, armonizarían también con un análisis de las condiciones químicas de la vida en las macromoléculas), en los sistemas altamente complejos se puede constatar una relación de tres variables: 1) relajamiento de los lazos internos, 2) especificación de las aportaciones a las que se recurre en las interpenetraciones, y 3) producción de efectos por acumulación de efectos, que comienza causalmente y se refuerza luego a sí misma” [32].

Además, “la desritualización de la religión conduce al problema de la certidumbre de la fe, [la cual] debe ser examinada según criterios que llevan luego al cisma de la religión cristiana. A esto le sigue un mayor énfasis en el conocimiento de la naturaleza: al hombre se le adscribe un acceso natural, una relación de conocimiento y producción natural para con la naturaleza [reflexividad]. La certidumbre se basa en experimentaciones individuales [...] y la naturalidad del common sense  [es considerada en tanto] un tipo especial de verdad, cuando no como criterio de verdad sin más” [33].

“Durante mucho tiempo, para la dimensión social, las ideas jerárquicas cumplían una función correspondiente. Se partía de que existían personas de mejor calidad que otras, [a las que] se les debía dar un trato preferencial. [Ello remitía] a una construcción social estratificada y desapareció con [la misma]”. No obstante ello, continuarían existiendo asimetrías en la dimensión social, dado que “las jerarquías se han llevado al campo de los sistemas sociales formalmente organizados y se han restablecido como jerarquías de competencia” [34].

La perspectiva luhmanniana sostiene que “los sistemas sociales más simples manejan tales asimetrías de manera ingenua [suponiendo, v.g.], con el término naturaleza, un orden de las cosas que les otorga puntos de referencia [...] Las asimetrías funcionalmente necesarias son garantizadas por evidencias aceptadas de manera tácita”. En cambio, “la transformación de la sociedad tradicional en sociedad moderna ha disuelto [aquella] evidencia, [lo cual] no significa que sea posible disolver las propias asimetrías [...] El problema se resuelve más bien en un nivel de reflexión superior mediante la ideologización: la función de las asimetrizaciones se vuelve transparente y encuentra justificación en su función, hecho que corresponde a la tendencia, fomentada sobre todo por la ciencia y la economía, de disolver los elementos y las certezas, y de trasladar la capacidad de soporte a la reconstrucción” [35].

“El concepto función sustituye al concepto sustancia [Cassirer], y las dos figuras que han conducido principalmente el pensamiento científico lógico-empírico, deducción y causalidad, pierden su categoría de término básico para convertirse en términos utilizados para situar las diferenciaciones. Un sistema autorreferencial debe poder observarse a sí mismo para poder asimetrizarse ya que esto requiere, independientemente de la formación, el inicio de una diferenciación respecto de sí mismo” [36].

Luhmann señala que, “al examinar cuidadosamente los desarrollos más recientes de la teoría del conocimiento, llama la atención [...] el rechazo de los intentos de fundamentación trascendentales-teóricos y el regreso a las epistemologías naturales [Quine], lo cual ha provocado cambios considerables de orden metodológico y teórico en los planteamientos habituales”. Al margen de ello, “se empieza a reconocer que la autorreferencia no es una particularidad de la conciencia, sino algo que existe en el mundo de la experiencia [37]. A una epistemología naturalizada tampoco le puede sorprender encontrarse con su propia autorreferencia. Si se la entiende como una ciencia de los procesos naturales, está desde siempre comprometida autorreferencialmente, [motivo por el cual] se distingue como postrascendental a las teorías del conocimiento pretrascendentales que sólo sabían indicar como cause del conocimiento el sentido común, la costumbre de la asociación o la seguridad de la imaginación” [38].

A partir de la construcción de la semántica gnoseológica dieciochesca y “después del rechazo, muy riesgoso, de toda institucionalización religiosa o metafísica-cósmica del conocimiento, resultó imposible dar inmediatamente el paso siguiente y renunciar a toda idea de fundamentación exterior capaz de proporcionar una certeza última [39] [...] Se pudo recurrir a la autorreferencia en la conciencia, denominada sujeto, como fuente de conocimiento y, a la vez, como fuente del conocimiento de las condiciones del conocimiento. Sólo así fue posible pensar en un nivel de condiciones controlables, que ya no está a disposición en el proceso de conocimiento”. Al mismo tiempo, se exigía a todo aquel que quisiera participar en el proceso científico que considerase este hecho como una certeza irrefutable  [40].

“La renuncia a todas las instancias últimas y legalidades históricamente invariantes [...] ha propiciado un cambio de mentalidad [...] Por cierto, hay que admitir que los átomos, y aún los elementos subatómicos, son sistemas demasiado complejos que deben su existencia a casualidades altamente improbables; [...] conceptos tales como emergencia, autorreferencia, entropía/neguentropía, adquieren una posición dominante que [debe] aceptarse en la teoría de las ciencias, porque concierne [...] a la génesis de los sistemas y [...] de lo observable. En consecuencia, [debe evaluarse] la discriminación (en el sentido de introducción operativa y manejo de la diferencia) como el proceso, y a la interacción y la observación como las variables de este proceso básico que pueden identificarse con el mismo” [41] [...] Todas las asimetrías que están en la base de la vivencia y de la acción se insertan como simulaciones en círculos autorreferenciales, [esto es] han sido introducidas como trayectos graduados artificialmente, [los cuales] por razones prácticas son considerados finitos. Esto vale tanto para la deducción como para la causalidad. Pero la gradación, asimetría, externalización, [junto a la apriorización, resultan] por su parte procesos autorreferenciales disimulados [...] de afirmaciones referentes a la naturaleza o a la conciencia. Por lo tanto, todas las ideas regulativas permanecen como proyecciones; sólo valen, [supuestamente] debido a que son necesarias como medidas de emergencia” [42].

Por otra parte, “tanto el aprendizaje epistemológico, como el desarrollo de la teoría de las ciencias, se convierten en un proceso autorreferencial” [...] Asimismo, “quien reduce las ideologías de los demás a situaciones de intereses y posiciones sociales tiene que particularizar su teoría o aplicarla también a sí mismo. El historicismo es un concepto histórico, y lo mismo [podría decirse respecto al] evasivo término de poshistoria  [43]. En el desarrollo que abarca desde las epistemologías naturales hasta las trascendentales y sus causas, el caso de la sociología no es muy diferente al de las otras disciplinas científicas. Respecto de aquélla, la línea de intersección tampoco se encuentra entre las ciencias de la naturaleza y las correspondientes al espíritu, sino “entre las teorías con pretensión de universalidad (que debido a ello se enredan con los problemas característicos de la autorreferencia) y las teorías de investigación más limitadas que sólo tematizan segmentos parciales del mundo” [44]. 

 


[1] Durán Pacheco, Fernando (1999-2000): El cambiante perfil de las ciencias sociales: continuidad y renovación de la sociología en el siglo XX; Santiago de Chile, revista “Enfoques educacionales” N° 2, Vol. II. [La visión mencionada se ve reflejada, con un alto grado de representatividad, v.g., en el contenido de la obra “Sociology Today”, editada en los años cincuenta por el entonces presidente de la American Sociological Asociation, Robert K. Merton, catedrático de la Universidad de Columbia, EE.UU.

[2] Durán Pacheco, F., ídem

[3] Durán Pacheco, F., ídem

[4] Durán Pacheco, F., ídem

[5] Para el cumplimiento de ambos cometidos, se recurre a la utilización de “teorías generales, de las cuales pueden derivarse explicaciones y predicciones científicas” (Durán Pacheco, F., ídem)

[6] Durán Pacheco, F., ídem

[7] Durán Pacheco, F., ídem

[8] Durán Pacheco, F., ídem. El autor añade que “quizás la razón más importante para este giro fue la escasa capacidad demostrada por la actividad investigadora orientada por ese modelo para producir un conocimiento relevante, según su propia lógica, que permitiera explicar y predecir fenómenos sociales”.

[9] Durán Pacheco, F., ídem

[10] Luhmann, Niklas (1998): Sistemas sociales. Lineamientos para una teoría general; Barcelona, Anthropos, págs. 14-15

[11] Torres Nafarrate, Javier: Nota a la versión en lengua castellana del texto de Luhmann, N., ídem

[12] Luhmann, N., ídem, pág. 59

[13] Luhmann, N., ídem, pág. 71

[14] Ello, obviamente, debería “suceder siempre que se intente analizar funcionalmente las relaciones causales. Lo discutible es la ganancia de conocimiento [lo cual remite] a la cuestión de si se comprende la ciencia como búsqueda de mejores explicaciones posibles, o como forma singular del aumento y la reducción de complejidad”.

[15] Dentro del campo de la economía política, v.g., se alcanzarían de ese modo “afirmaciones [tales como] si es cierto que las inflaciones resuelven relativamente sin conflicto los problemas de distribución (con las consecuencias secundarias que esto implique), entonces aquéllas resultan un equivalente funcional del planeamiento [Bangartner-Burns]. Solamente con base en tal estructura enunciativa parece que valga la pena investigar empíricamente las causalidades en la que está fundamentada”.

[16] Luhmann, N., ídem, pág. 72

[17] Luhmann, N., ídem, pág. 73

[18] Luhmann, N., ídem, pág. 75 (El autor agrega que “si se revisa también la premisa cognoscitiva respecto de la transición hacia una epistemología de la teoría de la evolución [...], se puede valorizar de manera diferente l rendimiento metodológico del análisis funcional-comparativo”).

[19] Luhmann, N., ídem, pág. 76

[20] “A cualquier sentido se le puede exigir también una referencia a lo social, [pudiéndosele] preguntar si el otro lo vive como yo o de otra manera”.

[21] Luhmann, N., ob. cit., págs. 94-95

[22] Luhmann, N., ídem, págs. 110-111

[23] Luhmann, N., ídem, pág. 129

[24] "Cuando al ser humano se lo designaba como individuo, [era considerado en cuanto] último elemento de la sociedad  imposible de descomponer ulteriormente. No se podía pensar en separar el alma del cuerpo y descomponerlos a su vez”.

[25] Desde este punto de vista, “la naturaleza del hombre era su moral, su capacidad de ganar o perder el respeto en la vida social. Su perfección, en [tal] sentido, estaba orientada a la realización social, lo que no excluía la posibilidad de fracaso debido a la corruptibilidad de toda naturaleza” [Luhmann, N., ob. cit., págs. 199-200]

[26] Luhmann, N., ídem, pág. 200. “La base de la comunidad radicaba en un concepto de vida que podía incluir en sí misma el calificativo de buena vida. Esta representación transmitía impulsos de tipo normativo, incluyendo la [concepción] neohumanista de Humboldt: el ser humano debe realizar en sí mismo tanta humanidad como sea posible”.

[27] En este sentido, “los desarrollos socioestructurales posteriores, las revoluciones política e industrial, la diversificación de las ciencias que se ocupaban del ser humano, rompen también” con dicha máxima.

[28] El autor añade que “desde entonces se ha mantenido esta crítica, [pues] el humanismo emprende la retirada de la naturaleza hacia el espíritu”.

[29] Luhmann, N., ob. cit., pág. 200

[30] Luhmann, N., ídem, págs. 342-343. Al respecto, “la acción se consideraba buena por naturaleza, y aquello que la motivaba [amor propio, interés] era concebido como naturaleza y sólo debía calificarse de bueno o malo a través de sus efectos”. Por ende, “la recompensa y el castigo pierden su referencia a la acción directa, y con ello su Justicia”.

[31] Luhmann, N., ídem, págs. 357-358. En tal sentido, el declive “del dominio doméstico en la transición de la Edad Media a la Modernidad sustraje a este orden su apoyo decisivo, [obligando] a una transformación de los sistemas político y económico. [A partir de] entonces, el individuo [se encuentra] protegido individualmente en su capacidad de conflicto”.

[32] “Este esquema, aplicado al sistema social, implica que la sociedad, en la medida en que se vuelve más compleja, produce más efectos y reacciona ante efectos que no son gobernados por estructuras de expectativas determinadas, sino que se realizan libremente y por medio de sí mismos”.

[33] Luhmann, N., ob. cit., págs. 404-405 (El autor acota que “se parte de una base material y de conocimiento dado, y se problematiza -¡lo cual es una limitación!- desde la perspectiva de la acumulación y del mejoramiento: de todas maneras se puede ver, pero se puede ver mejor, con base en la óptica, con anteojos, telescopios, microscopios”).

[34] Luhmann, N., ídem, pág. 415. Se añade que “sobre todo en épocas recientes se ha desarrollado un tipo totalmente nuevo de asimetrización, [...] que reconoce al individuo [en tanto] última instancia de decisión respecto de todo [aquello que] refiere a su esfera privada: sus opinión, interés, derecho, placer son, en muchos casos, la palabra [definitiva] de la cual ha de partir [cualquier] comportamiento posterior [...] Experiencia evidente, interés y plaisir eran los términos con los que se empezó a formar en el siglo XVII esta semántica de demanda y rechazo; y es sintomático que [dichos] términos (a diferencia de bonheur, bienésance, amour, gloire, ya no tomen en cuenta las clases sociales”.

[35] Luhmann, N., ídem, pág. 415

[36] Luhmann, N., ídem, pág. 415-416

[37] A través de la concepción de Quine, se indicó que “la relación entre naturalización de la epistemología y la aceptación de la circularidad es claramente resaltada, pero falta entender que la realidad, independiente del entendimiento, también [se encuentra] estructurada de manera circular”.

[38] Luhmann, N., ob. cit., págs. 424-425

[39] Luhmann, N., ídem, pág. 425 [“Al trasladar a la conciencia la fundamentación exterior de la función se hicieron las concesiones posibles. Con ese fin, la conciencia tuvo que ser concebida como un estado de cosas trascendental, más allá de lo empírico, como un sujeto del mundo”].

[40] Luhmann, N., ídem, págs. 425-426

[41] Luhmann, N., ídem, pág. 426. Por otro lado, se indica “la peculiaridad de las teorías universales que se reencuentran a sí mismas en el campo de su propio objeto, aunque sólo sea como un dato entre otros. Que los físicos hagan física (con todas las condiciones y limitaciones que esto implica) es también un procedimiento físico. El mundo físico, así lo constatan [los especialistas científicos en la materia) se origina para verse a sí mismos, [pudiéndose] concluir lo mismo para los procesos químicos, biológicos y sociales”. 

[42] Luhmann, N., ídem, págs. 426-427

[43] Luhmann, N., ídem, pág. 427

[44] Luhmann, N., ídem, pág. 431 

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