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INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

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COOPERACIONES Y SOLIDARIDADES DEL “INDUSTRIALISMO” - Juan Labiaguerre

COOPERACIONES Y SOLIDARIDADES DEL “INDUSTRIALISMO”

Diferentes racionalidades o constelaciones de valor, según Beriain, pueden articularse en orden a una cooperación particularmente estable en la medida en que la vigencia de intereses recíprocos -subyacentes- posibilite el logro de una ganancia mutua sobre la base de la conducta cooperativa, configurando de esta manera cierto “juego de suma positiva”, de acuerdo a la conceptualización y terminología elaboradas por Offe, tal como se expresa mediante la negociación periódica de los convenios colectivos entablados entre el sector de patronal y el correspondiente a los trabajadores organizados sindicalmente [1].

Puede añadirse que la solidaridad espontánea y automática que, de acuerdo a Spencer, coloca su sello de identidad a las “sociedades industriales” contrastaría de lleno con aquella persecución consciente de fines sociales estereotípica de las sociedades históricamente “militares”; en las colectividades evolucionadas y progresistas, la vida social solamente se auto-organiza en forma natural, mediante la adaptación inconsciente y sui generis “bajo la presión inmediata de las necesidades” y no siguiendo una planificación inteligente con arreglo a un programa reflexivo [2].     

La “comunidad” engendrada a través del intercambio monetario representa el arquetipo radicalmente enfrentado a aquellas unidades societales surgidas en virtud de la vigencia de un ordenamiento racional pactado o decretado-otorgado, porque los vínculos establecidos mercantilmente funcionan “socializando” a los individuos mediante relaciones afincadas en intereses económicos concretos, efectivos o eventuales, de los participantes en el juego del mercado; dentro de este mecanismo los efectos, tratándose de procedimientos inherentes a una economía monetaria desarrollada en plenitud, resultan “de tal índole como si se hubiera creado un orden para conseguirlo”.

La evolución del citado proceso y la gradual consolidación de una intrínseca forma comunitaria mercantil obedece a que la acción de cambio, sobre todo aquella realizada sobre la base del dinero, no se encuentra orientada en forma aislada según el accionar de cada parte interactuante sino que, a medida que la transacción respectiva se pondera en términos crecientemente racionales, la orientación responderá de manera progresiva al comportamiento del conjunto indiviso de participantes potenciales en la acción de intercambio.

Las formas integrativas de colaboración en ámbitos heterónomos, los que remiten según la acepción de Gorz a un cúmulo de “actividades especializadas realizadas por los individuos en tanto funciones coordinadas desde el exterior por una organización preestablecida”, se diferencian esencialmente de la integración cooperativa de los integrantes de un grupo asimilados en cuanto integrantes de una comunidad laboral. En este aspecto, los mecanismos integradores correspondientes a una colaboración heterodeterminada equivalen a elementos subordinados a la “integración funcional de los individuos y de los grupos” en el sentido de engranajes de una maquinaria que los supera y los somete [3].

La sociedad moderna conlleva un funcionamiento deficitario, o directamente una disolución, de la integridad comunitaria, disgregando las pasadas formas vinculantes ancladas en creencias demiúrgicas o míticas, debido al surgimiento de la figura representada por el Estado-nación. La gran sociedad manifiesta una notoria carencia de comunidad, situación que se ve compensada, aunque sólo en forma parcial, a través de la vigencia de un determinado comportamiento solidario tenue y abstracto, el cual conforma la figura institucionalizada del ciudadano considerado en sus derechos sociales. Sin embargo, la prevalencia de una especie de comunidad de mercado determina que la situación de los trabajadores -evaluados en términos individuales- se conciba en cuanto resultante mixto del “desequilibrio global y medio de poder que existe entre el lado de la oferta y el de la demanda”, por un lado,  y de las oportunidades referidas a las propias capacidades laborales de los individuos, diferenciadas entre grupos particulares a efectos del despliegue de “estrategias adaptativas”, por el otro.

Estas conductas se desarrollan con el objeto de hacer frente a aquel contexto desequilibrado y representan procedimientos eficaces de subsistencia económica y reproducción social; aquí se evidencia la desventaja con que corre la fuerza de trabajo, reflejada en la existencia de personas expuestas y desprotegidas frente a la “presión adaptativa ejercida desde el lado de la demanda así como a la presión sustitutoria de competidores de la oferta”, que coacciona a los trabajadores a aceptar resignadamente condiciones precarias de empleo, montos salariales reducidos e inserciones laborales ampliamente vulnerables [4]

Durkheim sostuvo que el desarrollo de la civilización moderna indujo la reelaboración conceptual del término “contrato”, al referirlo a la aceptación voluntaria -e individual- de las personas adultas de la sociedad en que ha nacido, únicamente debido a la circunstancia dada por el hecho de seguir viviendo en la misma. No obstante, sería necesario denominar genéricamente como cualquier forma contractual a toda manera de actuar del ser humano que no se encuentra impelida mediante un ejercicio coactivo sobre la persona. Al no apoyarse las sociedades civilizadas en un contrato fundacional referido a los principios básicos de la representación político-institucional, deberían ajustarse de modo exclusivo, si se sigue por ejemplo la concepción spenceriana, el sistema extendido de contratos particulares que vinculan recíprocamente a los individuos, no dependiendo éstos del contexto grupal salvo en el caso marcado por la existencia de una dependencia mutua, situación que hipotéticamente se encuentra regulada por la vigencia de pactos libres realizados privadamente.

En dicho tipo de sociedades el derecho contractual se extiende progresivamente con el objeto de garantizar, de manera  regular, la coordinación funcional de las personas interactuantes mediante tal procedimiento “orgánico”; pero a efectos de lograr este fin resulta insuficiente que “la autoridad pública vele por el mantenimiento de los compromisos contraídos”, sino que es necesario además que, en un sentido general, sean respetados de manera espontánea, teniendo en cuenta que si sólo se cumpliera lo pactado contractualmente bajo la amenaza de la coacción física, la solidaridad basada en los meros contratos resultaría sumamente frágil  [5]

Al respecto, Beriain señala que la perspectiva utilitaria-funcionalista referida a la lógica de la acción colectiva destaca que en el ámbito societario delimitado por el accionar del mercado capitalista la modalidad organizacional ideal en el sentido formal de la representación de intereses “es igualmente accesible -y lógicamente equivalente- a los grupos del capital, de trabajo y otros, por tanto no existe razón para asumir que del uso de esta instrumentalidad neutral resulta una asimetría sistemática de riqueza y poder” generadora de inequidad social. En contraposición a este enfoque, el citado autor indica que la tendencia a homogeneizar los usos lógico y sociológico de la igualdad deviene error metódico, debido a que las estrategias competitivas de oferta y demanda, que determinan la convergencia de dos grupos de interés expresada a través de una igualdad ideal, colisionan debido al desequilibrio de poderes entre ambos actores grupales, originado en sus disímiles ubicaciones dentro de la estructura clasista de la sociedad, hecho que deja al descubierto una desigualdad sociológica [6].

Las sociedades integradas -en términos excluyentes- sobre el fundamento aportado por la división del trabajo presentan en la visión durkheimiana dudosa estabilidad debido a que la “comunización por el mero interés” sólo establece lazos externos interpersonales, tendidos en forma pasajera, esporádica y muchas veces efímera. Al respecto, dentro de los procesos sociales signados por la marca del intercambio económico puro los distintos agentes operadores mantienen únicamente relaciones “externalizadas” de manera que, una vez concluida la operación particular, se desagregan retornando cada uno de ellos a su esfera propia: en tal contexto, cualquier manifestación armónica de intereses disfraza un conflicto latente en ciernes o simplemente postergado.

Sin embargo, este enfoque considera que “si la división del trabajo produce la solidaridad no es sólo porque haga de cada individuo un factor de permuta”, sino que además establece en las relaciones interpersonales un sistema determinado de derechos y deberes que liga recíprocamente a los individuos en forma permanente, teniendo en cuenta que aquella división engendra reglas aseguradoras de la convergencia pacífica, experimentada en forma regular, de los diversos roles compartimentados [7].

Weber sostiene que la comunidad de mercado representa la relación práctica de vida más impersonal y no porque el protagonismo mercantil signifique una lucha entre los participantes, en la medida en que todo tipo de relación humana, inclusive las de orden más íntimo, manifiesta de alguna forma un carácter relativo. El motivo real de aquella apreciación radica en la cuestión crucial consistente en que el mercado resulta específicamente objetivo, encontrándose por lo tanto orientado de manera excluyente hacia el interés centrado en el valor correspondiente a los bienes de cambio en sí mismos.

Esta situación particular redunda en que cuando el mercado se rige a partir de su propia legalidad sólo atiende al objeto y no a la persona, sin reconocer ningún deber fraterno ni piadoso, es decir asentado en las obligaciones morales características de las relaciones sociales originarias propias de las comunidades tradicionales. Dicho conjunto normativo conlleva la presencia de trabas insalvables para la evolución libre de la comunidad regulada por el mercado en cuanto tal, en términos del resguardo de los intereses y del funcionamiento inherentes al mismo.

Al margen de la evaluación lógica de la racionalidad instrumental característica del capitalismo moderno, corresponde señalar que en el centro mismo de la revolución industrial del siglo XVIII se puso en práctica “un perfeccionamiento casi milagroso de los instrumentos de producción y a la vez una dislocación catastrófica de la vida del pueblo”, destruyéndose el entramado del viejo tejido social en aras de una nueva integración del hombre y de la naturaleza. Al respecto, el pensamiento liberal decimonónico tuvo un “efecto corrosivo de un utilitarismo grosero, aliado a una confianza sin discernimiento en las pretendidas virtudes de la autocicatrización del crecimiento ciego; el liberalismo económico fue incapaz de leer la historia de la revolución industrial, porque se obstinó en juzgar los acontecimientos sociales desde una perspectiva económica [ante] las opciones con las que tiene que enfrentarse una comunidad víctima de las angustias de una mejora económica no dirigida” [8].

De acuerdo con la visión de Polanyi el mercado de trabajo configura un mecanismo diabólico teniendo en cuenta que, mediante su institucionalización, el principio de socialización orientado por el mismo inspira una modalidad que opera mediante el aislamiento del trabajador respecto de los marcos comunitarios extralaborales. Estos contextos sociales quedarían neutralizados desde un punto de vista valorativo, transfiriéndose su rol integrador a la esfera regulatoria demarcada por el ámbito mercantilizado del trabajo; tal modalidad socializadora se caracteriza por neutralizar normativamente la alocación de las capacidades laborales, transgrediendo valores y tradiciones de los trabajadores y refiere además a un aspecto sistémico derivado de las eventuales formas de resolución de un problema de gobernabilidad por parte del régimen político.

En definitiva, la firme creencia en la viabilidad de un progreso espontáneo remite a la incapacidad de percibir el papel jugado por el gobierno en el ámbito de la actividad económica, al tiempo que la economía de mercado se cristaliza en una estructura institucional realmente vigente sólo recién a mediados del siglo XX, e inclusive en esa época no resultaría generalizable en el contexto universal.

DESREGULACIÓN TEMPRANA DE LAS RELACIONES DE PRODUCCIÓN

Las características intrínsecas de una sociedad mercantilizada, cuyos rasgos fueron potenciados a partir de los resultados económico-productivos de la revolución industrial, conducen a la configuración de un modelo ideal de mercado autorregulador, el cual implica que la transformación inherente a la presencia del mismo conlleva una mutación radical de los actores sociales en términos de sus respectivas motivaciones, desde el momento en que el móvil afincado en la subsistencia cede su espacio principal al incentivo representado por la obtención de un excedente económico.

En este contexto, el conjunto de transacciones tiende a convertirse en operaciones  monetarias, situación que requiere la inclusión de un medio de cambio para cada instancia articuladora de las actividades mercantiles; dicho condicionamiento significa que cualquier tipo de renta se origina en la venta de algún objeto o bien transable y, más allá de la génesis de los ingresos individuales -en cuanto a su fuente de obtención- es evaluado como resultante de un procedimiento sistemático regido por el mercado. Siguiendo a Polanyi, “separar el trabajo de las otras actividades de la vida y someterlo a las leyes del mercado equivaldría a aniquilar todas las formas orgánicas de la existencia y a reemplazarlos por un tipo de organización diferente, atomizada e individual. Este plan de destrucción se llevó a cabo mediante la aplicación del principio de la libertad de contrato” [9].    

El sentido comunitario desde una perspectiva “liberal” radicaría entonces exclusivamente en el acuerdo espontáneo de los intereses individuales, del cual los contratos resultan la expresión natural; por lo tanto, el ámbito generalizado de las relaciones sociales remite -en este marco contractualizado- a las interacciones de índole económica, que se encuentran liberadas de toda clase de reglamentación y promovidas prioritariamente por las iniciativas de las distintas partes interactuantes, liberadas de cualquier tipo de coacción formal. La sociedad, en consecuencia, desde la crítica efectuada por Durkheim a dicho enfoque, equivaldría a un órgano que conecta a los individuos que cambian los productos de su trabajo, circunscribiéndose a una esfera particular cuyo funcionamiento es determinado por la carencia de todo medio de regulación socionormativa, forjadora de formas de conductas económicas consensuadas, que quedan de tal manera abandonadas al libre arbitrio individual.

Por otro lado, el vínculo contractual sólo se encuentra plenamente consentido en la medida en que los diferentes servicios intercambiados detenten un valor social equivalente, desde que la limitación obligada que frena la satisfacción desmedida de las ambiciones particulares no debiera confundirse con aquella otra cercenadora de los medios para conseguir una retribución justa del trabajo. Al respecto, en la economía de mercado el capitalista compra tanto materias primas como también fuerza de trabajo, componentes del reino natural y de la misma esencia del hombre, razón por la cual la producción mecanizada en el ámbito de una sociedad signada mercantilmente supone la conversión de los medios provistos por la naturaleza y de un elemento sustantivo del ser humano en simples mercancías.      

Las manifestaciones exteriores actuales del proceso desregulador de las condiciones de contratación laborales, aunque no el núcleo esencial de la problemática considerada integralmente, retrotrae a la evolución del esquema histórico de acumulación capitalista, vigente durante la primera etapa de industrialización decimonónica; en dicha instancia se abordó la  cuestión social mediante la liberación del mercado de trabajo, teniendo en cuenta que, a efectos de promocionar el progreso productivo, el nuevo sistema desechó los procedimientos coactivos convencionales, apuntando a la concreción de la doble modernización del aparato estatal y del modelo económico. Sin embargo, tal esquema no pudo controlar la dinámica expansiva de la revolución industrial debido a que el renovado ordenamiento socioproductivo devendría causante de graves desequilibrios sociales.

Cabe destacar que los mecanismos autoprotectivos del régimen capitalista en dicha fase evolutiva generaron como respuesta la creación de una nueva situación salarial, determinada por la contractualización de las relaciones de trabajo, que implicaba la presencia de ciertas formas estatutarias que establecían algunos derechos y garantías del obrero asalariado. No obstante, alejada de los apoyos tutelares, la condición salarial se volvió extremadamente vulnerable, debido a que "el principio del libre acceso al trabajo abrió una era de turbulencias y conflictos, [reformulándose] la cuestión social a partir de nuevos núcleos de inestabilidad, que eran como la sombra proyectada del desarrollo económico. Librado a sí mismo, el proceso de industrialización engendró un monstruo, el pauperismo" [10].

La raíz sociohistórica del núcleo sustancialmente conflictivo anidado en la sociedad de mercado reside en que el valor del trabajo no existe en cuanto tal, porque aquello que el obrero vende no equivale directamente a su trabajo, sino que constituye su fuerza de trabajo, por lo que concede al empresario capitalista el derecho a disponer de la misma transitoriamente. Dentro de la esfera marcada por el ámbito mercantil propiamente dicho, coexisten un grupo de compradores, poseedores de tierras, materias primas, máquinas y medios de subsistencia, elementos que -exceptuando la tierra inexplotada- representan otros tantos productos del trabajo, enfrentados a “un grupo de vendedores que no tiene nada que vender más que su fuerza de trabajo; la llamada acumulación originaria [remite a] una serie de procesos históricos que acabaron destruyendo la unidad original que existía entre el hombre trabajador y sus medios de trabajo” [11].

Sobre la base de este proceso de escisión del productor directo respecto de sus instrumentos de producción, a partir de la primera revolución industrial el asalariado fue asimilado a una concepción estereotípica referida a la libertad contractual; pese al carácter implícitamente explotador del contrato laboral y a la flagrante ficción encarnada en dicha libertad. En efecto, debido a la necesidad imperiosa, vital y acuciante del proletariado ofertante de trabajo -que lo empujaba hacia un asalariamiento indigno, cuando no humillante-, el mercado laboral coloca en situación de dependencia mutua a dos agentes sociales libres desde el punto de vista sólo jurídico-formal, partiendo de la base de que la relación económica establecida entre ellos a través de dicha transacción puede ser suspendida por iniciativa de cualquiera de las partes.

Como consecuencia de la desregulación laboral llevada a cabo históricamente por el régimen de acumulación capitalista, el proceso primigenio de industrialización propició el libre acceso al empleo logrado alrededor de la apertura del mercado de trabajo, aunque, en lugar de suprimir la miseria y la dependencia de los trabajadores, engendró nuevas formas de pauperización y sometimiento. El paradigma organizativo correspondiente a la formación socioeconómica representada por el denominado “capitalismo liberal” se configura a partir de la interrelación entablada entre capital empleador y trabajo asalariado, sustentada en la plena vigencia del Derecho privado.

Mediante la emergencia de un ámbito de intercambio mercantil realizado por particulares autónomos, que operan económicamente al margen del área de incidencia estatal a través de un mercado institucionalizado de capital, productos y trabajo, los componentes de la sociedad civil se autoidentifican en referencia al sistema político, por lo que las relaciones interclasistas se despolitizan y el poder sustentado en la posición de clase se torna anónimo [12]. Corresponde agregar que el derecho consuetudinario también cumplió un rol considerable con relación a la funcionalización institucional de la libertad del mercado laboral, sobre todo en cuestiones tales como las atinentes al accionar de las asociaciones de trabajadores y a la aplicación concreta de la ley de coaliciones [13].

Asimismo, tal como lo sostuviera Durkheim, a partir del avance industrializador tienden a proliferar, multiplicándose, las relaciones laborales contractuales, notoriamente ajenas a las prácticas convencionales correspondientes al desarrollo pasado de las actividades económico-productivas, en forma proporcional al incremento de la división del trabajo social. En este nuevo ordenamiento, una sociedad asentada en la exclusiva garantía de respeto hacia los derechos individuales neutraliza el peso de cualquier factor equiparable al potencial cohesivo y vinculante propio de toda manifestación religiosa, entendida ésta en su sentido amplio atribuido a cierta conciencia colectiva mítica, a la vez que integradora social.

De manera que, si bien en las sociedades liberales modernas los nuevos derechos democráticos se conectan internamente con una concepción solidaria del bien comunitario, ninguna concepción acerca del “principio del bien” resulta factible mediante un involucramiento mutuo del conjunto de integrantes de un ente colectivo centrado en fundamentaciones de índole metaética. Y ello debido a que la conciencia grupal aglutina segmentariamente a un conglomerado yuxtapuesto conformado por ámbitos valorativos pluralistas, y por lo general recíprocamente enfrentados, los que remiten a la presencia de una especie de “politeísmo funcional”, en la conceptualización weberiana, o a la emergencia de un mundo de vida racionalizado, siguiendo la concepción elaborada por  Habermas, continente “donde cada esfera está encapsulada de modo autorreferencial e indiferente con relación al entorno” [14].

Gorz plantea la semejanza entre su conceptualización respecto de las connotaciones de la presencia de una “esfera de heteronomía e integración funcional” y la visión habermasiana acerca de la articulación entre sistema, integración sistémica frente al mundo de la vida e integración social; al respecto, la integración sistémica implica cierta “reglamentación no normativa de las decisiones individuales que sobrepasa la conciencia de los actores”. En cambio, la integración social (autorregulada) conlleva la práctica de una “capacidad de auto-organización de los individuos que acuerdan sus conductas con vistas a un resultado a alcanzar mediante su acción colectiva” [15].  

El esquema liberal ortodoxo desplegó dos estrategias complementarias en torno a la organización social del trabajo, delineadas a través del área específica delimitada por el intercambio contractualizado entre personas razonables, libres, iguales y responsables, por un lado, y el ámbito contextual signado mediante el intercambio desigual, por el otro. Este último factor deriva en cometidos de raigambre asistencialista, aplicados sobre aquellos grupos de trabajadores imposibilitados de ingresar al marco laboral integrado sobre la base de la premisa referida al principio de la “reciprocidad contractual”.

La problemática acarreada por tal mecanismo remite a las condiciones imperantes en gran parte de las naciones industrialmente desarrolladas durante el siglo XIX, similares en algunos aspectos puntuales a los síntomas evidenciados en el último cuarto de la presente centuria, sobre todo en las sociedades periféricas; tal síndrome emblemático se cristaliza en la consolidación de cierto universo laboral señalizado por la falta de seguridad inherente a la condición ocupacional, proyectada en términos de una vulnerabilidad social masiva. Dicha situación atañe al estatus jurídico-legal de la mayoría de los segmentos asalariados, expresada primordialmente en un proceso gradual de pauperización, originado en la inestabilidad crónica del empleo, la discrecionalidad patronal, los bajos niveles remunerativos salariales y la desprotección social del trabajador.

El engranaje del mecanismo de acumulación correspondiente a la esencia del régimen capitalista de producción se pone en funcionamiento a través de un procedimiento mediante el cual el valor implícito en la fuerza de trabajo, del mismo modo que el inherente a cualquier otro tipo de mercancía, es determinado a través de la cantidad de trabajo requerida a efectos de producirlo; es decir que prevalece la valorización de los artículos de primera necesidad requeridos a efectos de reproducir, mantener y perpetuar dicha fuerza. Bajo dicho ordenamiento socioeconómico, “aunque sólo se paga una parte del trabajo diario del obrero, mientras que la otra parte queda sin retribuir, y aunque este trabajo no retribuido o plustrabajo es precisamente el fondo del que sale la plusvalía o ganancia, parece como si todo el trabajo fuese retribuido; esta apariencia engañosa distingue el trabajo asalariado de todas las otras formas históricas del trabajo; dentro del sistema del salario, hasta el trabajo no retribuido parece trabajo pagado” [16].

En términos del postulado capitalista histórico referido al principio imprescriptible de la desregulación del mercado laboral, que evidenciaba la vigencia de una lucha latente de la burguesía contra el movimiento sindical, vale recordar la admonición de Bailly, alcalde de París en 1791, frente a un reclamo de artesanos franceses del rubro carpintero en orden a instaurar un salario mínimo: "Una coalición de obreros que pretende llevar el salario de su jornada a un valor uniforme, y obligar a quienes comparten su estado a someterse a esa fijación, sería evidentemente contrario a sus propios intereses" [17].

Alrededor de un siglo después de vertida dicha advertencia plena de simbolismo ideológico, la confrontación abierta en el campo social por parte del empresariado capitalista estadounidense, en favor de la libertad para el reclutamiento de fuerza de trabajo, al margen de la organización sindical, se exteriorizó mediante la implementación del open shop movement, durante la vigencia del pretaylorismo. Este proceso constituyó el origen de las primeras coaliciones patronales, caracterizadas por un funcionamiento orgánico y sistemático; tales formaciones aplicaron la coerción y violencia físicas, o técnicas más flexibles, como la implementación de contrataciones periódicas o temporarias; posteriormente, el open shop campaign se erigió en una organización concertada de milicias antisindicales y antiobreras [18].

En el transcurso de la evolución del modelo de acumulación y debido a la institucionalización de la coerción sociolaboral, practicada por los intereses del capital en el campo de las relaciones de producción, a través del contrato laboral privado, se desplaza la dependencia político-jurídica del trabajador; en su reemplazo, cunde la exacción de plusvalor a disposición de los capitales particulares, por lo que el mercado desempeña no sólo un rol cibernético sino que además cumple un papel ideologizante, desde el momento en que la relación clasista deviene anónima bajo la figura  aparentemente apolítica aportada por el condicionamiento salarial [19].

El apogeo del principio anclado en la libertad absoluta de contratación laboral responde de alguna manera al fenómeno más amplio marcado por el incremento de opciones que ofrece la modernidad, realizada -en términos de Beriain-, “a costa de la ruptura de ligaduras religiosas, morales y políticas existentes entre las diferentes esferas sociales u órdenes de vida; todo es altamente contingente [debido a que] la probabilidad de lo improbable se hace efectiva gracias a la construcción social de la ambivalencia, es decir al despliegue de la alternativa entre el orden y el caos”. En este sentido la creciente racionalización social, en un contexto netamente mercantilizado, resultaría atribuible -con exclusividad- a aquellas operaciones llevadas a cabo dentro de los distintos subsistemas en detrimento de la racionalidad del todo, motivo por el cual la contingencia del riesgo emerge en términos de categoría crucialmente determinante [20].

TRAYECTORIAS ERRÁTICAS Y CONTINGENCIAS AZAROSAS DEVENIDAS DE LA “LIBERTAD” LABORAL

Berger y Offe destacaron la superioridad funcional del mercado de trabajo respecto de las relaciones laborales características de las sociedades tradicionales en su conjunto, haciendo hincapié en que -en términos de contrapeso de las configuraciones de algún modo comunitarias- la contingencia suministradora propia del ámbito mercantil resulta progresiva, debido a que el reclutamiento de mano de obra no se encuentra condicionado en virtud de la vigencia de “deberes normativos de asistencia o vínculos estamentales”, rigiendo en consecuencia el principio básico asentado en un modelo signado por la elección libre [21].

Los fenómenos implícitos en los mecanismos procedimentales propios del accionar del mercado se hallan determinados medularmente por la prevalencia de intereses racionales con arreglo a fines y, a través de dicho sentido especial, la vigencia de la legalidad racional, comenzando por el respeto de la premisa radicada en la “inviolabilidad formal de lo prometido una vez”, equivale al tipo de cualidad esperable del participante en la operación de cambio. Siguiendo la concepción weberiana, la ética del mercado impregna el accionar humano con un criterio estricto acerca del deber moral respecto del cumplimiento de los compromisos pactados o convenidos.

También obedece al aceitado funcionamiento de una sociedad mercantilizada la creciente centralidad adquirida por el sentimiento individualista, como lo remarcaran diferentes autores -con sus respectivas diferencias de enfoque sustantivo- desde Tocqueville hasta Durkheim, la aplicación de técnicas sociales tendientes al control externo sobre los individuos, que incluyen “auto-restricciones de los afectos y las emociones”, y también la especialización científica desarrollada a partir de rigurosos procedimientos experimentales.

Puede adicionarse a este cúmulo de manifestaciones modernas la imposición de restricciones de índole constitucional frente al accionar discrecional por parte de los poderes políticos y, posteriormente,  la incorporación de la totalidad de la población adulta a los sistemas electorales, tal como lo destacara Macpherson; además, puede añadirse el estrechamiento –señalado por Luhmann- de la unidad de parentesco básica en dirección a la constitución de la “familia pequeña, nuclear y crecientemente unigeneracional” [22].

Las formas comunitarias tradicionales de relaciones humanas tienden a rechazar el proceso extremadamente acentuado de despersonalización objetivada implícito en la socialización de mercado, asentado en el funcionamiento libre del mismo, ajeno en forma absoluta a cierta normatividad de raigambre ética fraternal y/o religiosa y que, mediante “su explotación de la constelación de intereses y de las situaciones de monopolio y su regateo”, es considerado aberrante entre hermanos.

La conformación socializadora impuesta por el mercado, en nítido contraste con las restantes y básicamente opuestas modalidades comunitarias -las que de alguna manera implican determinada confraternización personal o parentesco de sangre-, resulta exógena a cualquier tipo de lazo o vínculo establecido mediante un componente signado por algún sentimiento de hermandad. Weber precisa que “la garantía de la legalidad de los actores del cambio descansa únicamente en el supuesto, hecho con razón por ambas partes, de que cada una de ellas tiene un interés en continuar en el futuro las relaciones de intercambio”, siendo entonces válido el principio de que la honestidad es la mejor policía.

La transformación operada por el régimen de acumulación en el transcurso del siglo XIX representa el “triunfo del capitalismo empresarial y su organización del trabajo formalmente libre, basado en fundamentos mecánicos y emancipado de las infraestructuras éticas y religiosas que jugaron un papel fundamental en su gestación”, según Beriain. En este sentido, una manifestación arquetípica del proceso de desencantamiento del mundo se expresa a través de la fragmentación creciente de la conciencia colectiva, considerada ésta como primer mundo instituido de significado, articulado alrededor de un imaginario social central. Dicho quiebre de un núcleo simbólico sacro deriva en cierta “comprensión descentrada del mundo”, en la cual el universo externo natural, la comunización de la sociedad y el elemento psíquico individual han resultado diferenciados; siguiendo a Habermas, este mecanismo se traduce en que “la vinculación, impregnada de pietas, a los órdenes concretos de la vida consagrados a la tradición puede ser substituida por una libre orientación por principios universales” [23].   

La ética secularizada se cristaliza bajo un formato de identidad universalizada, en términos de alteridad, la cual reemplaza a la “hermandad tribal de sangre”, debido a que cuando la contabilidad se instaló al interior de la comunidad familiar y las relaciones económicas no resultaron ya fundamentalmente comunales deviene el fin de la actitud piadosa, que es reprimida por el motor económico. En este orden, el protestantismo ascético incuba una ética religiosa monológica centrada en cierta convicción que presenta connotaciones afraternales, radicando en este efecto su mismo potencial de desarrollo, al proveer a las relaciones interpersonales de un nuevo significado alejado de una interpretación en torno de la piedad filial, por lo que se crea una motivación para la despersonalización reforzando la “tendencia hacia la formalización del derecho, la burocratización y la extensión del principio del mercado”. En consecuencia, el progreso equivale a una significación meramente simbólica, apropiada asimétricamente por distintas colectividades, de manera que la convivencia simultánea de sujetos y grupos sociales que no son en realidad contemporáneos implica la participación del mito renovado del progreso, aunque de un modo desigualitario [24].  

Marx había subrayado la existencia de una especie de instinto vital, inherente al capital, tendiente a su propia reproducción mediante la constante generación de plusvalía de acuerdo a  la ley regida por el proceso de intercambio capitalista, con el objeto final de extraer el máximo usufructo del valor de uso del trabajo en cuanto mercancía, poniendo de relieve la “racionalidad de la acción capitalista desde la perspectiva sistémica del capital como riqueza”, siguiendo a Beriain, y como fuente de incremento continuo de la misma. En este sentido, las vivencias emergentes de injusticia, desde el punto de vista del participante explotado en la relación de mercado, expresan las situaciones críticas experimentadas por el trabajador debido a las reconversiones de la esfera laboral y a las consecuentes transformaciones en su modo de vida, producidas por el sometimiento de la fuerza de trabajo a los dictados del capital, exteriorizando el deterioro de sus condiciones socio-ocupacionales.

El proceso de alienación inherente a la explotación capitalista de la capacidad laboral del ser humano obedece al despliegue de una lógica operativa del dinero como medio que remite a su relación diabólica con el hombre, tendiendo además a prevalecer la “interacción a distancia” entre dos sujetos imprescindibles de dicho régimen económico-productivo, el empresario y el trabajador, los cuales se vinculan a través de una necesaria relación de dominación y subordinación. Respecto del enfoque marxiano, Beriain señala el tratamiento crecientemente autónomo concedido al aspecto social-sistémico cuando se aborda el intercambio en términos de mercancías, por lo que la misma producción enfrentaría a los individuos mediante una supuesta relación objetiva que resulta independiente de ellos. Por otro lado, respecto del funcionamiento del ámbito mercantil, “la conexión del individuo con todos, pero al mismo tiempo también la independencia de esta conexión con relación al individuo, se ha desarrollado hasta tal punto que la formación del mundo del mercado ya al mismo tiempo contiene las condiciones para ir más allá de ella misma”.

Bajo el reinado mercantil, gobierna por lo tanto el trabajo-mercancía, desprovisto de dignidad, interés y sentido intrínsecos, representando una figura restrictiva, opresiva y “contrapartida instrumental del acceso a consumos cada vez más opulentos”, que fuera combatida posteriormente por los operarios de las fábricas, los empleados administrativos y los trabajadores prestadores de servicios en la era del fordismo taylorizado [25]. La concepción marxista clásica señalaba que el carácter misterioso de la mercancía radica en que ella establece la propia identidad social del trabajo humano como si se tratase de una  cualidad material inmanente de los mismos productos de su labor, bajo el supuesto implícito consistente en que la relación mediadora entre los productores directos y el trabajo colectivo de la sociedad constituye una relación establecida entre los objetos mismos, al margen de sus productores, fenómeno que el autor de El capital atribuye al “secreto” enraizado en el denominado fetichismo de la mercancía [26].

El carácter espurio presentado por una socialización a través de los mecanismos del mercado resulta claramente reflejado en las “absurdas condiciones impuestas a la colectividad por la ficción del trabajo-mercancía; el trabajo tenía que encontrar su precio en el mercado y todo precio que no hubiese sido establecido de este modo era considerado no económico”. En este sentido, y dentro del marco de la vigencia irrestricta del principio del laissez faire, el trabajador no se aseguraba un empleo estable en el marco de las empresas privadas, circunstancia que deterioraba profundamente la cobertura social correspondiente a su posicionamiento laboral, porque toda medida intervencionista que brindara cierta protección a los trabajadores representaba una traba para el desarrollo del mercado autorregulador” [27].

[1] BERIAIN, Josetxo (1996): La integración en las sociedades modernas; Barcelona, Anthropos, pág. 138

[2] DURKHEIM, Emile (1995): La división del trabajo social; Madrid, Aikal, págs. 239-240

[3] GORZ, André (1998): Miserias del presente, riqueza de lo posible; Bs.As., Paidós, págs. 51-52

[4] OFFE, C. Y HINRICHS, K., (1984): “Economía social del mercado de trabajo: los desequilibrios de poder primario y secundario”; en Offe, Claus, La sociedad del trabajo. Problemas estructurales y perspectivas de futuro (Madrid, Alianza), pág. 86

[5] DURKHEIM, E., ob. cit. 447-448

[6] BERIAIN. J., ob. cit., págs. 177-178

[7] DURKHEIM, E., ob. cit., págs. 241 y 477

[8] POLANYI, Karl (1997): “La gran transformación. Crítica del liberalismo económico”; Madrid, La Piqueta/Endymion, págs. 69-70 y 74/76

[9] POLANYI, K., ibidem, págs. 81 y 267

[10] CASTEL, Robert (1997): Metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado”; Bs. As., Paidós, págs. 209 y 213

[11] MARX, Karl (1987): "Salario, precio y ganancia"; Bs.As., Anteo, págs. 106/108

[12] HABERMAS, Jürgen (1995): "Problemas de legitimación en el capitalismo tardío"; Bs.As., Amorrortu, págs. 37-38

[13] POLANYI, K., ob. cit., pág. 294

[14] BERIAIN, J., ob. cit., págs. 316-317

[15] GORZ, A., "Metamorfosis...", ob. cit., pág. 52

[16] MARX, K., "Salario...", ob. cit., págs. 108-109 y 113

[17] citado por Castel, R., ob. cit., pág. 199

[18] CORIAT, Benjamin  (1994): "El taller y el cronómetro"; Madrid, Siglo XXI.

[19] HABERMAS, J., "Problemas de legitimación en el capitalismo tardío", ob. cit., pág. 43

[20] BERIAIN, J., ob. cit., págs. 327-328

[21] BERGER, J., y OFFE, C., ob. cit., pág. 104

[22] BERIAIN, J., ob. cit., págs. 30 a 32

[23] HABERMAS, Jürgen: Teoría, ob. cit., volumen I (pág. 281)

[24] BERIAIN, J., ob. cit., págs. 53-54. 65-66 y 76/78

[25] GORZ, A., ob. cit., pág. 66

[26] MARX, K., El capital, ob. cit., pág. 37-38

[27] POLANYI, K., ob. cit., págs. 362-363

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