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INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

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DESMEMBRAMIENTO HISTÓRICO DE LA “ORGANICIDAD” DE LA ACTIVIDAD LABORAL - Juan Labiaguerre

En la ya clásica tipología acerca de los enlaces vinculantes que integran al individuo a la sociedad, Weber elaboró la conceptualización de “comunidad” en términos similares al desarrollo previo de la visión esbozada por Tönnies, es decir en cuanto relación social específica en la que la actitud asumida por las personas en sus comportamientos sociales se encuentra condicionada por un sentimiento subjetivo de sus integrantes particulares respecto de la pertenencia a un todo.

Por otra parte, la concepción weberiana referida a la situación “estamental” remite a la vigencia de comunidades, habitualmente amorfas, sustentadas en ciertas estimaciones sociales acerca de un supuesto “honor adscripto a alguna cualidad común a muchas personas”, muchas veces opuesto a la regulación meramente económica, establecida por el mercado, en tanto factor distributivo del poder dentro de la esfera comunitaria. En este sentido, los gremios medievales constituirían en cierta forma un estamento debido a que sus miembros buscan el logro del “honor social” exclusivamente sobre la base de un modo especial de vida, determinado con frecuencia por el tipo de oficio o profesión [1].   

El declive gradual de la diferenciación social basada en estamentos, en algunos casos cristalizados en un sistema -más o menos cerrado- de castas, a partir de la ruptura de las ataduras serviles características de una economía de tipo feudal en el sector rural, acompañada de la gradual extensión de la división “manufacturera” del trabajo en las ciudades, constituye una tendencia histórica que implica el desplazamiento de una estructura social ligada a la “organización político-familiar”, a medida que crece la organización industrial basada en el régimen capitalista de producción. La relación entre trabajo asalariado y capital conlleva la separación de las condiciones inorgánicas de la existencia humana respecto de la existencia activa, mientras que en la apropiación de las capacidades laborales bajo las formas históricas de esclavitud o servidumbre “esta separación no tiene lugar, sino que una parte de la sociedad es tratada como mera condición inorgánica y natural de la reproducción de la otra parte” [2].

Una modalidad inherente a la organización urbana medieval, en lo que atañe a las relaciones sociolaborales, radica en que la habilidad para una tarea productiva determinada garantizaba la posesión de la herramienta, manifestándose una especie de propiedad de carácter relativamente hereditario implícita en el modo de trabajo, el cual era considerado inclusive como algo propio debido a cierto desarrollo autosuficiente de capacidades unilaterales, por lo que el trabajador -evaluado en principio respecto del resultado consistente en la culminación del producto- poseía en la práctica aquellos medios necesarios como para vivir en tanto productor.

Sin embargo, progresivamente fueron abolidas aquellas relaciones de producción que determinaban que los mismos trabajadores, esencialmente en términos de sus capacidades vivas de labor, estuvieran todavía inmediatamente incorporados a las condiciones objetivas de su actividad; a partir del momento en que el mismo instrumento, anteriormente subsumido en el sentido de “propiedad de los medios”, es resultante del trabajo, el ente comunitario abandona su formato natural deviniendo entonces factor secundario. Corresponde señalar que, en este sentido, “la desmitologización de la imagen del mundo significa a la vez una desocialización de la naturaleza y una desnaturalización de la sociedad” [3].

La comercialización del suelo coadyuvó esencialmente al derrumbe del régimen feudal, potenciado por la supeditación de las extensiones territoriales a los requerimientos del proceso de industrialización; en este sentido, segregar al ser humano del suelo implicaba atomizar el “cuerpo económico” a efectos de lograr la ubicación de sus distintos componentes en el sector del sistema productivo en el que resultare más eficaz [4]. El feudalismo representa la variante extrema de una estructura patrimonial estereotípica, en cuanto a la relación entre señores y vasallos, teniendo en cuenta que “las relaciones feudovasalláticas se fundan en contratos, en el estatus contractual de hermandad en torno a un derecho desigual, que fundamenta relaciones de lealtad bilateralmente” [5].

La abolición de la posesión feudataria de la tierra conllevaba la eliminación del conjunto de derechos provenientes de la vigencia de las organizaciones de vecindad o de parentesco, así como también los privilegios y pretensiones de la institución eclesiástica. La desintegración de este sistema se manifiesta a partir de la supresión de las condiciones serviles que fijaban al trabajador a la tierra y al señor feudal, aunque significaran de hecho la propiedad de ciertos medios de subsistencia por parte del siervo, y la eliminación gradual de las relaciones corporativas, que implicaban “la propiedad del instrumento de trabajo y el trabajo mismo como habilidad artesanal determinada, como propiedad (no como fuente de ésta)”.

El trasfondo de dicha transformación se expresa en el hecho trascendental representado por la disolución, a través del conjunto de los procesos mencionados, de las relaciones de producción en las cuales predominaba el valor de uso, prevaleciendo en ellas las contribuciones en especie sobre los pagos y prestaciones realizados mediante la utilización de dinero. Al respecto, Marx consideraba que “todas las relaciones disueltas sólo eran posibles dado un grado determinado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales (y, en consecuencia, también de las espirituales)” [6].

Hacia fines del periodo signado por el régimen feudal los jornaleros de por vida, que en la actualidad podrían considerarse en el sentido de asalariados permanentes, se encontraban relegados en el marco de un esquema corporativo cerrado, constituyendo un núcleo estable conformado por compañeros gremiales que ocupaban posiciones inferiores a las de los maestros artesanos. Este último segmento equivalía a la elite de trabajadores manuales calificados debido a que, pese al congelamiento de su estatus -teniendo en cuenta la cuasi inexistencia de movilidad en la estructura social de dicha época-, contaban con mayor probabilidad de conseguir y mantener una ocupación acorde a su formación y habilidad [7].

Corresponde señalar al respecto que un atributo esencial de la organización corporativa gremial, referido al trabajo artesanal en cuanto sujeto de la misma y en términos de factor constitutivo de propietarios, radica en el comportamiento con relación a la herramienta de trabajo -o instrumento de producción- en términos de propiedad, como si fuera algo propio, en contraste con la actitud referida a la tierra, o a la materia prima en cuanto tal [8].  

En la medida en que las crisis de subsistencia de las economías preindustriales repercutían sobre la producción artesanal, algunos maestros en decadencia o quiebra involucionaron hacia una condición asalariada en actividades dependientes del capitalismo comercial, pasando a trabajar para otros, sobre todo mercaderes. Tal relación de dependencia obedecía a la carencia de recursos suficientes para amortiguar las fluctuaciones de los mercados, que los arrastraba en la caída hacia un proceso de pauperización y tutelaje, aunque no anclado en una posición salarial neta porque dichos trabajadores vendían la mercancía fabricada -con cierta autonomía- por ellos mismos, y no su fuerza de trabajo en sentido estricto [9].

No obstante lo anteriormente expuesto, una tendencia histórica progresiva fue ubicando a una masa social en un posicionamiento no correspondiente, prima facie, a una situación equiparable a la de trabajadores auténticamente libres, aunque sí representaba un estado potencial de libertad laboral; la única propiedad de esas personas radicaba en su propia capacidad de trabajo, a partir de su eventual intercambio por valores preexistentes, resultando “individuos a los que todas las condiciones objetivas de la producción se les contraponen como propiedad ajena, pero al mismo tiempo como intercambiables en cuanto valores y, por tanto, hasta cierto grado, apropiables a través de trabajo vivo” [10].

Marx sostuvo que la vida humana desde siempre se apoyó en la producción social y que tanto la preexistencia de condiciones objetivas del trabajo -en cuanto elemento diferenciado respecto del trabajador en sí mismo, en términos del capital-, como así también la disponibilidad “a priori” del trabajador abstracto desposeído, a merced del capitalista, que deriva en el intercambio entre valor y trabajo vivo, configuran un proceso histórico constitutivo del origen del capital y del trabajo asalariado [11].

Cabe consignar que, en los comienzos del desarrollo capitalista industrial, en los países avanzados de la época en tal sentido, ya se producía un veloz incremento de la magnitud de asalariados en términos absolutos, aunque en proporciones relativas muy inferiores en referencia al total de la fuerza de trabajo. En dicha etapa prevalecían combinaciones o situaciones compuestas en cuanto al tipo de inserción laboral, al margen de la condición misérrima en que se encontraba la mayoría de los trabajadores, los cuales se veían obligados a buscar una salarización completa o parcial. De manera que las incertidumbres del salariado, su subordinación y su indignidad social se hallaban a fines del siglo XVIII, en Europa occidental, enroladas bajo un modo de relaciones de interdependencia que todavía reflejaban resabios de los vínculos feudales [12].

En lo que atañe específicamente a Gran Bretaña, la creciente movilidad del dinero y de la tierra se realizó en forma conjunta con la pertinente al mismo trabajo, cuyas modalidades todavía no permitían configurar un verdadero mercado nacional debido a las trabas interpuestas por rigurosas restricciones de orden jurídico, las cuales impedían u obstaculizaban la movilización física o geográfica de los trabajadores, en la medida en que éstos se hallaban virtualmente fijados a sus respectivas parroquias vecinales. Desde el punto de vista de tal factor restrictivo, puede añadirse que la Ley de domicilio (1662), articuladora del mecanismo inherente a una especie de servidumbre parroquial, declinó recién alrededor de un siglo después, situación que hubiera posibilitado la formación de dicho mercado de no haber mediado, a partir de 1795, la aplicación de un sistema de socorros a través de la denominada Ley de Speenhamland, legislación que intentaba repotenciar cierto “sistema paternalista de la organización del trabajo” [13].  

La interconexión entre los factores determinados respectivamente por el trabajo y el capital, cristalizada en el ajuste de las capacidades laborales de la población -adecuado a las condiciones objetivas emergentes de la producción capitalista-, representa una evolución en orden a la disgregación progresiva de aquellas variadas formas históricas bajo las cuales el trabajo implicaba algún tipo de propiedad o en las que el propietario trabajaba. Se produce un cambio drástico en la actitud respecto de la tierra, referida a una condición natural anterior de la producción mediante cuya vigencia el trabajador se comportaba, respecto del suelo, como si se tratara de su “propia existencia inorgánica o laboratorium de sus fuerzas y del dominio de su voluntad”. Esta mutación es complementada con la supresión gradual de ciertas relaciones laborales en las que el productor actuaba fácticamente bajo la figura de propietario de su herramienta, presuponiendo una caracterización peculiar del desarrollo de la actividad manufacturera en términos de trabajo artesanal, ligado indisolublemente a la organización corporativa por oficios [14].

Se desarrolla entonces, a partir de determinada evolución industrial incipiente, un conflicto originado en la asimetría implícita en las conexiones prevalecientes “entre los sistemas y las comunidades simbólicas”, causante de desequilibrios puestos de manifiesto, en primer lugar, a través de la coexistencia de lógicas confrontativas en cuanto a las respectivas estrategias del capital y del trabajo. En tal sentido cabe consignar que, durante la vigencia del capitalismo liberal clásico, la lógica del trabajo defendió la conservación de un determinado espacio social correspondiente a las posiciones de aquellos trabajadores aún no asalariados, reducto encuadrado en el área de incidencia de los gremios artesanales [15].

A partir de la descrita instancia histórica, en adelante devienen procesos socialmente desintegradores, a través de una óptica orgánica, consistentes en la pérdida del sentido comunitario sobre la base de la disolución de lazos pretéritos, surgidos fundamentalmente de la influencia decisiva de un contexto dominado por elevadas expresiones de “intimidad personal, vinculación emocional, obligación moral y cohesión social”. El arquetipo principal de tal enlace comunitario se encontraba constituido por el grupo familiar y la antedicha conceptualización acerca de la comunidad remite al hecho de que la misma representa una idea-elemento fundamental, y de largo alcance histórico, en la construcción de la teoría sociológica clásica [16].  

EMERGENCIA DE UNA DIVISION INCIPIENTE DEL TRABAJO INDUSTRIAL

Hacia los inicios de la industrialización capitalista, en una situación más precaria que la correspondiente a maestros y compañeros, se ubicaban trabajadores por entonces excluidos del sistema gremial, cuyo desempeño laboral se ejercía al margen de las reglamentaciones oficiales, y los extranjeros establecidos por cuenta propia, los cuales ocupaban una posición aleatoria semiclandestina, apelando al recurso del trabajo a destajo en condiciones económicas desfavorables.

Asimismo, alrededor de una décima parte de la población urbana se encontraba formada por trabajadores domésticos y servidores, contemplados por un estatuto ambiguo. Esta porción de la fuerza laboral presentaba una configuración relativamente heterogénea, hallándose en ocasiones integrada a determinadas casas, ocupando a veces lugares honorables en las más grandes de ellas, e incluía también a servidores subalternos con cierta garantía en cuanto a la satisfacción de sus necesidades básicas, evolucionando gradualmente dicha modalidad laboral hacia posicionamientos de salarización y precariedad progresivas bajo la condición de sirvientes [17].

Por otro lado, y siguiendo a Castel, un conjunto de ocupaciones variadas, inestables y desprestigiadas, pueden considerarse de algún modo antecedente de la categoría genérica moderna de “empleado”, al comprender servicios administrativos, ciertos componentes de trabajo intelectual o tareas judiciales, conformando estos trabajadores un estrato más pobre que el correspondiente al núcleo de operarios calificados; otro espacio caracterizado por un mayor grado relativo de incertidumbre, respecto del anterior, estaba representado por las profesiones liberales y los empleos en comercio o en el sector privado.

Descendiendo en la escala de condiciones económicas -signadas por implícitas situaciones respectivas de prestigio social- se encontraba el bajo pueblo urbano, comprendiendo el mismo a obreros de oficios que no transitaban por el aprendizaje gremial, tal como el de la construcción, y ocupaciones no calificadas rentadas habitualmente por jornada diaria. Tal segmento de trabajadores estaba compuesto por "hombres de esfuerzo y de manos", tales como changadores o transportadores de mercaderías, y era vilipendiado como ganapán, hez del pueblo, populacho o canalla; dentro de esta categoría existía una proporción considerable de mujeres que conformaban una mano de obra sin calificación, explotada en actividades de lavandería y costura, entre otras.

El fragmento equivalente al subproletariado urbano, pero en el sector rural, se encontraba compuesto por contingentes de labradores que vivían en condiciones misérrimas, cuyo único recurso de supervivencia consistía en conchabarse en explotaciones ajenas, en posición de trabajadores agrícolas domésticos a jornada completa o bien realizando tareas intermitentes y/o estacionales, lo cual agravaba su situación económica. Este sector, caracterizado por su gran vulnerabilidad, se hallaba bajo una permanente amenaza de caer en el vagabundaje, en el tobogán de la movilidad vertical descendente, dentro de un contexto configurado por un sistema socioeconómico en el cual la movilidad es el atributo negativo de la libertad para quienes no tienen nada que perder porque no son dueños de nada, parafraseando a Castel.

A esta altura del tratamiento del proceso de transición desde el modelo feudal, signado por la vigencia de una estructura social estamental -legitimada jurídicamente- y de consecuentes lazos comunitarios de índole corporativista, hacia formaciones socioeconómicas capitalistas, conviene señalar la diferenciación tipológica -elaborada clásicamente por Tönnies- entre “comunidad y asociación” [18]. Al respecto, la sociedad propiamente dicha implica la ruptura de enlaces interpersonales recíprocamente vinculantes anidados en cierta cosmovisión místico-religiosa, lo que conlleva la generación de relaciones “secularizadas” de tipo asociativo. En este sentido, la desintegración comunitaria equivale al desmoronamiento del pilar religioso que sostenía la estructura social tradicional, debido a la coerción ejercida por el proceso de desencantamiento del mundo, y se exterioriza mediante la generalización de los sentimientos de frustración, ansiedad e inseguridad [19].

En las sociedades industrializadas cualquier manifestación de inequidad “exterior” altera la vigencia de la solidaridad orgánica, mientras este efecto no existía en aquellas sociedades del pasado donde el comportamiento solidario se encontraba garantizado sobre la base de la comunidad de creencias y sentimientos; al respecto, Durkheim señala que más allá de la intensidad que pudiera alcanzar la tensión experimentada por los lazos derivados de una división del trabajo de raigambre primitiva, en la medida en que no resultan ellos los principales factores que integran a los individuos al cuerpo social, la cohesión comunitaria no sufre por aquel motivo riesgos significativos.

En el contexto de la sociedad burguesa, el trabajador se halla presente bajo un modo subjetivo “puro”, mientras la cosa contrapuesta a su persona se convirtió en la entidad comunitaria auténtica, que tiende a subordinar al individuo, porque desde la perspectiva de los intereses capitalistas la fuerza de trabajo -en sí misma- sólo representa un requisito relativo en orden a la efectivización de la actividad productiva. Dicha subalternización ocurre desde que la condición esencial para el desenvolvimiento de la producción únicamente está constituida por “el trabajo” propiamente dicho. Es decir que, si el empresario puede llevarla a cabo a través de la utilización de maquinarias tanto mejor para él y, por otro lado, el capital no se apropia del trabajador sino de su trabajo, no inmediatamente, sino mediado por el intercambio [20].  

Dentro del proceso histórico de génesis del capitalismo industrial, una ubicación socioeconómica alternativa y singular correspondía al trabajador agrícola poseedor de una porción reducida de tierra, o campesino parcelario, el cual ocupaba una posición fija, pero estaba obligado a complementar sus ingresos mediante una tarea artesanal retribuida, a partir de la exigüidad de los réditos originados en su propia explotación. Se trataba de cultivadores de algunos acres de tierra, en ciertas ocasiones propietarios de sus respectivas viviendas, quienes generaban la proporción mayoritaria de la producción total elaborada por el artesanado rural en su conjunto; su actividad laboral resultaba cuasi-salarial, en la medida en que dichos campesinos-artesanos vendían su trabajo mediante la mercancía transformada, aunque ésta no les pertenecía porque el mercader les proveía de la materia prima necesaria.

Al interior de dicho estrato operaba asimismo una parte considerable de mano de obra femenina -tales como devanadoras, hilanderas y otras- y de niños, estos últimos constituidos en ayuda-familias con relación a la división intradoméstica del trabajo. Debe destacarse la heterogeneidad presentada por el segmento compuesto por el artesanado rural, económicamente dependiente, que a su vez se encontraba imposibilitado de asegurar la reproducción de las condiciones materiales de vida de su grupo familiar sobre la base de la propia explotación agrícola, deviniendo los más pobres entre los tenedores de tierra [21].

Ubicados en un escalón inferior respecto a la posición anterior, los obreros agrícolas considerados en sentido estricto eran -según Castel- no sólo más carecientes, sino que además sus ingresos resultaban exclusivamente salariales, teniendo en cuenta que en el sector rural el recurso del asalariamiento indica en cualquier caso la presencia de una condición sumamente precaria, debido a la existencia de una correlación directa entre grado de salarización y nivel de pobreza.

Por otro lado, los campesinos-operarios correspondientes al ámbito protoindustrial remiten a ciertas formas de concentración industrial desarrolladas -por ejemplo- en minas o fábricas de papel, instaladas en el ámbito rural, las que reclutaban personal subalterno residente en la misma localización territorial. Ellos representan una especie de subproletariado vinculado a la tierra, debido a que dicho segmento de la mano de obra continuaba trabajando su propia parcela -participando en tareas agrícolas estacionales-, generando en consecuencia una situación mixta que presentaba ventajas para el empleador debido al costo salarial reducido, basado en que el obrero contaba con ingresos adicionales; como contrapartida, dicha forma de asalariamiento redundaba en el inconveniente empresarial radicado en el bajo nivel de dependencia del obrero-campesino respecto del establecimiento fabril.

Corresponde aclarar que en el proceso mencionado anidan precondiciones históricas que coadyuvan a la emergencia del trabajador libre, dotado de una capacidad laboral-productiva “desprovista de objetividad, enfrentado a las condiciones objetivas de la producción como a su no-propiedad”, en cuanto valor que es en sí mismo. Debe señalarse, asimismo, que la separación respecto de las condiciones objetivas de aquella clase social -devenida proletariado compuesto por trabajadores “libres”- resulta compensada en términos del fenómeno signado por la autonomización de las mismas condiciones [22]. La presencia de trabajadores estacionales propiamente dichos conllevaba una variante de la categoría “bastarda” de campesinos urbanos, asalariados y también cultivadores independientes, situación que demuestra el grado de diversificación manifestado por este fragmento de la fuerza laboral.

Un sector abarcativo de la mano de obra, actualmente denominado golondrina, se dedicaba al trabajo imprescindible a efectos de su propia subsistencia, realizado en regiones caracterizadas por la presencia de pequeñas parcelas campesinas, acudiendo anualmente a la ciudad a realizar un servicio especializado durante algunos meses y regresaban a cultivar su tierra, aportando al grupo familiar un ingreso complementario. El segmento estacional de trabajadores, considerado globalmente, comprendía también a aquellos que alquilaban su capacidad productiva en el campo a efectos de realizar tareas relativas a la cosecha o vendimia, el decurso de las cuales delineaba trayectorias laborales fortuitas, expresadas por otro lado en la existencia de límites difusos entre los trabajadores regionales y los vagabundos [23].

Finalmente, el auténtico proletariado moderno emergió gradualmente, en determinadas concentraciones industriales, cuando el esbozo de despegue manifestado durante el siglo XVIII anticipa de alguna manera la figura del obrero fabril de la centuria siguiente, que va a constituir en cierta forma una mano de obra con una composición heterogénea. En el contexto de tal ordenamiento emerge una elite obrera calificada y relativamente bien remunerada, frecuentemente integrada por inmigrantes extranjeros, mientras que los artesanos rurales se desempeñan en el ámbito de la empresa dispersada. Asimismo, en la fábrica naciente trabajaba el segmento representativo de lo que sería el futuro subproletariado moderno -no calificado-, conformado por la parte más desdibujada de la mano de obra, caracterizada por un grado elevado de inestabilidad laboral y un extremo nivel de carencias de toda índole.

La tipología histórico-comparativa de formas de asalariamiento, total o parcial, en el sector industrial presenta una notable diversidad de instancias posibles, desde el momento en que refleja un cúmulo de transformaciones socioeconómicas ocurridas a lo largo de un periodo histórico prolongado, acentuadas durante el siglo XVIII, que no redundaron -además- en el logro de una condición salarial homogénea. En este sentido y de acuerdo con Castel, al margen de un sector asalariado identificado nítidamente como tal -y relativamente pequeño-, la "mutación socio-profesional de fines del Antiguo Régimen no fue acompañada, ni mucho menos, de una salarización de tiempo completo", ejerciendo en consecuencia un peso significativo la vigencia de un sector considerable de trabajadores conformados por asalariados fraccionales.

Desde una perspectiva teórica inspirada en cierto posicionamiento neoliberal, típico del auge de dicha corriente durante la década de los años ochenta del siglo XX, De Soto explica el surgimiento de la actividad informal durante los inicios de la revolución industrial en el viejo continente. Dicho autor considera que los migrantes rurales no encontraron suficientes puestos de trabajo debido a que las regulaciones jurídicas restrictivas, entre las que predominaban los obstáculos burocráticos interpuestos por la gestión obligatoria, tendiente a obtener permisos con el objeto de ampliar el espectro empresario o acometer nuevos emprendimientos, restringían la posibilidad de “expansión de las empresas formales”, las cuales se vieron imposibilitadas de ampliarse absorbiendo la renovada oferta de mano de obra. De ese modo, la mayoría de los trabajadores migrantes no logró en un principio ocuparse laboralmente en aquel sector empresarial, por lo que un segmento considerable de ellos debió dedicarse únicamente a la realización de tareas menores y eventuales, o emplearse como servicio doméstico.

Trazando un paralelo histórico entre la etapa del capitalismo incipiente en las naciones desarrolladas y la situación imperante en las economías periféricas actuales, el autor añade que "de hecho existen grandes similitudes entre los habitantes de las barriadas que rodean las siderúrgicas o plantas industriales del Perú y los pordioseros que también se instalaban en condiciones precarias alrededor de las ciudades mercantilistas, esperando ser admitidos a un gremio o al plantel de un empresario legal para obtener el ingreso estable que el trato con el Estado pretendía garantizar" [24].

Según esta visión, otros grupos de migrantes y sus descendientes -ante la imposibilidad de conseguir puestos legales- habilitaron talleres en sus propios domicilios y, para los obreros, estos trabajos industriales frecuentemente no eran de tiempo completo, consistiendo dicha actividad básicamente en operaciones sencillas o directas, utilizando escaso equipo de capital y contando sólo con el aporte de ciertas herramientas simples. A grandes rasgos, y salvando el abismo teórico que la aleja de la visión marxiana, dicha interpretación centrada en los impedimentos para el desarrollo pleno de la iniciativa económica privada, en cuanto generadores de un marco informal del mercado de trabajo, esta fase del capitalismo se correspondería con la denominada etapa manufacturera, en el enfoque de "El Capital".

Debe considerarse, asimismo, el estado embrionario en que se encontraba el salariado puro en el ámbito rural, habida cuenta que la fuerza de trabajo utilizada a tiempo completo, que sobrevivía exclusivamente a partir de la venta de su capacidad laboral, sólo equivalía a una minoría dentro del conjunto del asalariado campesino. Una situación semejante se evidenciaba en la ciudad, tanto con relación a la diversidad presentada por la condición salarial como así también en términos del carácter minoritario del salariado puro; cabe consignar que este último no fue producto exclusivo del desarrollo industrial desde que, al interior del artesanado a fines del medioevo, la salarización adquirió un carácter permanente. Se produjo entonces una consolidación progresiva de esta forma de retribución por la venta de fuerza de trabajo surgida del ámbito artesanal, frecuentemente inserta en el marco de pequeños emprendimientos económico-productivos, aunque sólo en puntos muy localizados se desarrollaron concentraciones iniciales de las que emergieron masas de asalariados en el sentido moderno adoptado por el término.

 


[1] WEBER, Max (1997): Economía y sociedad; México, FCE.

[2] MARX, Karl (1995): Formaciones económicas precapitalistas; México, Siglo XXI, pág. 86

[3] HABERMAS, Jürgen (1999): Teoría de la acción comunicativa; Madrid, Taurus, Tomo I, pág. 77

[4] POLANYI, Karl (1997): La gran transformación. Crítica del liberalismo económico; Madrid, La Piqueta/Endymion, pág. 291

[5] BERIAIN, Josetxo (1996): La integración en las sociedades modernas; Barcelona, Anthropos, pág. 33

[6] MARX, K., ob. cit., pág. 103

[7] CASTEL, Robert (1997): Metamorfosis de la cuestión social; Bs. As., Paidós, págs. 141/147

[8] MARX, K., ob. cit., pág. 99

[9] CASTEL, R., ob. cit.

[10] MARX, K., ob. cit., pág. 102

[11] MARX, K., ibidem, pág. 85

[12] CASTEL, R., ob. cit.

[13] POLANYI, K., ob. cit., pág. 136 

[14] MARX, K., ob. cit., págs. 95-96

[15] BERIAIN, J., ob. cit., págs. 315-316

[16] NISBET, Robert (1996): La formación del pensamiento sociológico; Bs. As., Amorrortu.

[17] CASTEL, R., ob. cit.

[18] TÖNNIES, Ferdinand (1947): Comunidad y sociedad; Bs.As., Losada.

[19] BERIAIN, J., ob. cit. Pág. 316

[20] MARX, K., ob. cit., págs. 95 y 97

[21] CASTEL, R., ob. cit.

[22] MARX, K., ob. cit., págs. 97 y 104

[23] CASTEL, R., ob. cit.

[24] DE SOTO, Hernando (1987): El otro sendero; Bs.As., Sudamericana, págs. 264-265.

 

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