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INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

INKORRUPTIBLES. Misceláneas sociopolíticas

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VÍNCULOS LABORALES HISTÓRICAMENTE REMOTOS - Juan Labiaguerre

El presente ensayo intenta comprobar la correspondencia de distintas etapas históricas, atravesadas por la dinámica implícita en la evolución temporal de las relaciones sociales de producción, respecto de sucesivas y/o contrastantes visiones sobre la vigencia de lazos vinculantes, interindividuales e intergrupales, engendrados al interior de diferentes colectividades pasadas.

El hilo conductor que subyace a esta perspectiva analítica remite a la consideración de la evolución de las teorías sobre el orden y los conflictos, de raigambre societal, reflejados en el campo de los roles y mutaciones político-institucionales -derivadas de la cuestión laboral-, a través del despliegue de interpretaciones complementarias o divergentes. Es decir que el énfasis del estudio radica en el tratamiento de diferentes puntos de vista histórico-políticos abordados desde el campo de la conceptualización sociológica, desarrollados a la luz de las sucesivas transformaciones, de índoles fáctica y/o jurídicas, experimentadas por el denominado “mundo del trabajo”.

Siguiendo el mencionado lineamiento, uno de los aspectos fundamentales de la evolución contemplada se ubica en la gradual transición desde el estado de anomia social convencional, derivada del proceso emergente de la expansión de la llamada “primera revolución industrial”, hacia la eclosión del fenómeno presente, caracterizado por la progresiva disgregación -también de carácter anómico- de la sociedad considerada asalariada. Interesa en el marco de tal planteo destacar los factores específicos del nuevo ordenamiento socioeconómico, instaurado a partir del devenir de la era “poskeynesiana y posfordista”.  

A través de una somera reseña histórica, se considera la raigambre genética de la interconexión entre el proceso comunitario y la actividad laboral productiva en el marco de sociedades preindustriales, vínculo que remite a una fuerte presencia de ligaduras que entrelazan a trabajadores y patrones mediante engranajes de índole más o menos corporativa, asentados en elementos cohesivos y concepciones “integrativas”, arraigados en componentes tradicionales, connotados por alguna manifestación demiúrgica, en el sentido weberiano del término.

En dicho ámbito, las relaciones sociales tienden a corporizarse a través de diferenciaciones estamentales, que legitiman la explotación de la fuerza de trabajo por parte de aquellos estratos de la comunidad considerados “superiores”, sobre la base de la omnipresencia de creencias místicas o religiosas. Progresivamente, la vigencia de dichos lazos se erosiona a partir de la disolución de las estructuras feudales que obstaculizaban el advenimiento pleno de la era de la racionalización de las cosmovisiones y de las prácticas económicas seculares, la cual conlleva la idea de “desencantamiento del mundo”, funcional en términos de la evolución libre del régimen de producción y acumulación capitalistas.

Seguidamente, son abordadas las consecuencias del proceso de mercantilización de las relaciones sociales, fundamentalmente proyectado a la esfera signada por la creciente proletarización de la fuerza laboral, respecto de la presencia -en aumento- de un ejército de reserva vulnerable, debido al mecanismo de regateo característico de la conversión del trabajo en “mercancía”. Al interior de esta contextualización tiene cabida cierta forma heterodoxa de comunización, basada en la prevalencia de principios individualistas, que redunda en la vigencia paradigmática de la “libertad laboral”. Posteriormente, como antídoto frente a los desequilibrios propios de un mercado supuestamente autorregulado, surgieron políticas estatales intervencionistas, de manera simultánea a la conformación de la denominada “sociedad salarial”.

La aproximación a las ideas y a los conceptos elaborados por las escuelas clásicas, tejidos alrededor de la cuestión social inherente al proceso de trabajo, se realizará mediante un abordaje elemental de las teorizaciones que -sobre dicha compleja problemática- construyeron aquellos autores considerados fundadores de la sociología “moderna”.

Dentro de la inagotable lista de exponentes de esas corrientes del pensamiento, en muchas ocasiones portadoras de contenidos de algún modo complementarios o -por el contrario- profundamente divergentes entre sí, el alcance limitado de los objetivos del trabajo determinó la necesidad de una selección, relativamente arbitraria, tanto de parcialidades temáticas como así también de los autores que las estudiaron. A partir del mencionado acotamiento, se repasan algunas visiones de Emile Durkheim, Friedrich Engels, Karl Marx, Ferdinand Tönnies y Max Weber, entre otros.

En lo que respecta al análisis del contexto social, político y económico mundial que enmarcó la evolución sucesiva de las concepciones sociológicas referidas a los cambios en las relaciones laborales de producción, durante el transcurso del siglo XX, el intento básico de este ensayo consiste en exponer y confrontar posiciones teoréticas ideológicamente diversificadas. En este sentido, y respondiendo a una división cronológica discrecional, puede ejemplificarse tal estrategia analítica al rescatarse -en lo que concierne a la primera mitad de la centuria pasada- el aporte de autores tan distanciados, desde un punto de vista doctrinario, como lo pueden estar Antonio Gramsci, Talcott Parsons, Karl Polanyi y Joseph Schumpeter.                      

Es posible considerar la eventual articulación entre los factores comunidad y trabajo, analizando la producción de la tierra en términos de un “todo” económico-social. Desde una perspectiva histórica a largo plazo se observan distintas formas asumidas por el proceso de fragmentación de la masa de trabajadores durante el surgimiento del capitalismo, en el origen remoto de la condición salarial moderna, representadas por una serie de segmentos identificados con diversas modalidades de inserción ocupacional, generadas a partir de la descomposición gradual de los lazos serviles característicos del feudalismo.

Más allá del anacronismo de dicho parangón en la esfera del análisis sustantivo, teniendo en cuenta la hegemonía contemporánea del esquema de acumulación neocapitalista, puede resultar esclarecedor comparar aquellas modalidades laborales arcaicas con ciertos tipos de ocupaciones existentes actualmente en el contexto de ámbitos, o zonas, periféricos y/o marginales respecto al núcleo central del aparato económico-productivo.

En ciertas formaciones socioeconómicas históricamente remotas, la unión del trabajador a la tierra -considerada en términos de su lugar de trabajo natural-, la vigencia de la pequeña propiedad de aquélla, así como también la posesión territorial basada en el denominado comunismo oriental, remiten a modalidades de producción en las que el trabajador actúa respecto de las “condiciones objetivas de su trabajo”, en el orden fáctico, como si  fuera propietario, implicando dicha circunstancia la integración de la actividad laboral con sus fundamentos materiales. Esta situación respondía, en gran medida, al hecho de que el sistema de intercambio dentro de las sociedades primitivas, concepto que puede extenderse relativamente al conjunto de instancias preindustriales, se encontraba “integrado en la organización general de la sociedad” [1].

A partir de las mencionadas condiciones, el trabajador presenta una existencia objetiva, independiente de su trabajo, comportándose el individuo autorreferencialmente en calidad virtual de propietario y, de acuerdo a si el citado supuesto derive del mismo ente comunitario o -en cambio- de las familias particulares constitutivas de la comunidad, actúa con relación a sus pares como si fueran copropietarios, encarnaciones de la propiedad común, o propietarios autónomos, junto a los cuales la posesión colectiva, anteriormente hegemónica, remite a la vigencia de una determinada “tierra pública”, en forma simultánea a la presencia de numerosos propietarios privados de parcelas.

La fuerza de trabajo y la posesión de la tierra, retomando a Polanyi, se encontraban unidas, en la medida en que “la mano de obra formaba parte de la vida; la tierra continuaba siendo una parte de la naturaleza; vida y naturaleza formaban un todo articulado”; existía una estrecha conexión entre un conjunto de “organizaciones fundadas en la familia, el vecindario, el oficio y la creencia -con la tribu y el templo, la villa, la guilda y la iglesia”- y el usufructo de la tierra [2].

Las formas antedichas asumidas por el trabajo, y las singulares relaciones históricas de producción referidas a determinados tipos de propiedad arcaicos, antiguos o medievales, se caracterizan básicamente por la peculiaridad, compartida en un sentido genérico, consistente en que los individuos no desempeñan el rol de trabajadores in strictu sensu, sino que ejercen el papel de propietarios, en cuanto integrantes de un cuerpo comunitario, aunque, además -paralelamente- trabajan.

El objetivo último de la realización -en sí misma- de este tipo de actividad productiva no radica, habitualmente, en la función generadora de valor propiamente dicho, teniendo en cuenta que la meta primordial hacia la cual apunta dicha labor reside en el logro de la supervivencia por parte del trabajador o propietario, atendiendo las necesidades del grupo doméstico al que pertenece, y en el mantenimiento de la comunidad considerada globalmente.

En el contexto de las mencionadas formas primitivas de propiedad de la tierra, emerge, en principio, una entidad comunitaria resultante de un proceso natural, por ejemplo, la familia o la tribu, en tanto basamento socialmente integrador. Dentro de tal ordenamiento, “la colectividad tribal no aparece como resultado sino como supuesto de la apropiación colectiva del suelo y de su utilización”; en este sentido, la configuración histórica de la horda constituye la premisa elemental que se proyecta hacia un tipo primario de apropiación, en manos de un grupo humano, de las condiciones objetivas de vida, es decir de los requisitos inherentes a la actividad auto-reproductiva y de objetivación de esta [3].

El proceso de redistribución deviene componente del sistema político dominante, ya se trate de una tribu, de la organización institucional tejida en torno a la ciudad-Estado, del gobierno despótico o del régimen feudal asentado en la explotación agrícola y/o ganadera. Al respecto, el estatuto correspondiente tanto a los amos como a los esclavos de la antigüedad podría distinguirse nítidamente respecto del que regulaba el accionar de “los miembros libres e iguales de algunas tribus de cazadores y, por consiguiente, los móviles de las dos sociedades serán completamente diferentes; sin embargo, es muy posible que la organización de su sistema económico esté fundada en los mismos principios” [4].

Los trueques o transacciones individuales no conllevaban necesariamente el surgimiento de esferas mercantiles en aquellas sociedades donde aún prevalecían modalidades tradicionales de conductas económicas, y ello obedecía a que el intercambio comercial, en sí mismo, es considerado un procedimiento subalterno en ciertas comunidades primitivas, al no resultar artífice del suministro de especies de subsistencia demandadas primordialmente por las masas.

El mencionado condicionamiento rigió también en colectividades en las cuales predominaba el principio de reciprocidad, en la medida en que los factores restrictivos en términos del crecimiento del mercado derivan de un abanico de limitaciones de índole sociológica, las que cristalizan en normativas jurídicas o consuetudinarias, así como también en prácticas internalizadas de raigambre teológica y en formas de conciencia de carácter demiúrgico; dicha coraza religiosa y costumbrista  coadyuvó a circunscribir los cambios objetivos,  y aquellos otros referidos a los comportamientos personales al círculo pergeñado por el devenir de la “ocasión circunstancial”.

Sociológicamente, la comunidad implica una forma de agrupamiento colectivo cuyos miembros se encuentran ligados sobre la base de una solidaridad vivida y concreta, sustentada mediante un “fundamento factual”, debido a que se apoya en la aceptación mutua, por parte de sus integrantes individuales, en orden a que cada uno de ellos comparte algún tipo de elemento sustantivo con el resto de los miembros del cuerpo social [5].

La unión comunitaria puede estar asentada en la existencia de determinados intereses comunes o bienes materiales, condición que incide en la presencia de algunos componentes cooperativos o de índole primariamente asociativa, o en la atribución de un peso significativo a la vigencia de un núcleo cultural genético compartido; este último agrupamiento comprende, por ejemplo, prácticas o costumbres arraigadas en la tradición histórica, incluyendo en principio la utilización del mismo idioma específico, tipo representado por Gorz a través de la figura proyectada en una peculiar forma de comunidad “constitutiva”.

Tales expresiones comunitarias coinciden, al margen de su estructura eventualmente diferenciada, en que el lazo que interrelaciona a sus distintos miembros reconoce una especie de raíz cualitativamente existencial, motivo por el cual no se encuentra oficializado mediante alguna expresión signada por el estatus jurídico, ni tampoco se halla avalado por determinada variante de formalización institucional, no remitiendo en consecuencia a una vinculación de orden contractual.

Un sistema económico gestionado al margen de móviles especulativos, es decir en función de objetivos o líneas directrices orientadas a la mera autosuficiencia guiada por el norte anclado en la producción de subsistencia, se refleja en el caso de aquellas sociedades tribales en las cuales “el interés económico del individuo triunfa raramente, pues la comunidad evita a todos sus miembros morir de hambre, salvo si la catástrofe cae sobre ella, en cuyo caso los intereses que se ven amenazados son una vez más de orden colectivo y no de carácter individual”.

Asimismo, la permanencia de los vínculos comunitarios en tanto ligaduras sociales primarias resulta fundamental al evaluar que la persona, al no respetar los códigos estipulados alrededor del sentido honorífico o del sentimiento de altruismo, se aísla de la comunidad, transformándose en paria.

Por otro lado, el conjunto de obligaciones comunitarias deviene ámbito de reciprocidad dado que, mediante su respeto, “cada individuo sirve también lo mejor posible, en un toma y daca, a sus propios intereses” [6]. Este condicionamiento interpersonal mutuo ejerce una continua coacción sobre las distintas personalidades singulares, conducente a la supresión del dictado del mero interés económico egocéntrico de sus mecanismos conscientes, proceso enmarcado en un “hábitat” extendido y dominado por la realización frecuente de actividades compartidas o comunes. Figurativamente, en un contexto genérico de socialización primitiva, el hombre habitualmente experimenta la sensación de riesgo de morir por inanición exclusivamente cuando la sociedad, en cuanto colectivo, percibe la misma contingencia.        

La comunidad representa específicamente en la visión de Marx la primera gran fuerza productiva, al establecerse una unidad original entre cierta forma de organización comunal y un singular tipo de propiedad sobre la naturaleza, combinación que determina la predisposición social respecto de las condiciones objetivas de producción, lo cual remite a una actitud referida a determinada existencia natural del individuo mediada comunitariamente.

Aquella unidad, que evoluciona asociada a una forma particular de propiedad, refleja su “realidad viviente” a través de un modo determinado de producción, expresado en tanto comportamiento de los individuos entre sí y en términos de respuesta humana activa frente a la naturaleza inorgánica. Tal conjunto de conductas configura una modalidad específica de trabajo, de carácter familiar o comunitario, progresivamente disuelta a medida que el hombre se aísla con el devenir del proceso histórico, teniendo en cuenta que el mismo se manifiesta originalmente en el sentido de ser genéricamente tribal, en definitiva, como animal gregario [7].

Corresponde señalar que el tipo ideal extremo de agrupamiento colectivo integrado, cuya cohesión responde exclusivamente al grado elevado de semejanzas entre sus miembros, es representado por la figura de la horda, que equivale a una “masa absolutamente homogénea en la que las partes no se distinguirían unas de otras y, por consiguiente, no estarían coordinadas entre sí; en una palabra, estaría desprovista de toda forma definida y de toda organización”, al constituir una especie de protoplasma social, germen a partir del cual se desarrollan los posteriores modelos societales [8].

Primitivamente, la tierra constituye el arsenal que brinda el medio y el material de trabajo, además de asentarse sobre su base la sede fundacional de la entidad comunitaria, debido a que los hombres la consideran propiedad -en última instancia- de dicho ente, que propicia la explotación del suelo mediante la realización de “trabajo vivo”; en ese contexto, cada trabajador procede como si en realidad fuera un propietario o poseedor, únicamente a partir de la premisa acerca de su pertenencia al “status” de integrante de la comunidad.

Dentro del mencionado ordenamiento, la apropiación real a través del proceso productivo ocurre bajo aquellos supuestos consignados anteriormente, es decir no resultantes del trabajo considerado en sí mismo sino de la prevalencia de ciertos principios naturales o divinos inherentes a la actividad laboriosa.

El punto de partida axiológico que orienta los patrones de un comportamiento humano alejado del área de influencia económica, en sentido específicamente mercantil, es proyectado hacia la fijación de valores cristalizados en cierto espíritu de reciprocidad que se refleja en el predominio de una connotación de índole redistributiva en las acciones sociales, en general, y puntualmente en la concreción de tareas productivas.

En virtud de lo expuesto, se entiende la relevancia adquirida por el sistema de almacenamiento en determinadas sociedades primitivas, teniendo en cuenta que, desde el punto de vista económico, el mismo consolida el esquema vigente de la división del trabajo, del comercio con el extranjero, de las imposiciones tributarias destinadas a las actividades públicas y del aseguramiento de reservas para los tiempos de guerra.

El conjunto de las citadas funciones, genéricamente intrínsecas al funcionamiento de un sistema económico, aparece completamente absorbido en esta instancia histórica primitiva por prácticas arraigadas en “motivaciones no económicas para cada acto realizado en el marco del sistema social globalmente considerado” [9].

En el contexto sociohistórico definido por Marx a través de la figura representada por el despotismo oriental, y dentro de un encuadre definido por la inexistencia jurídica de propiedad, que básicamente identifica a esta formación social, rige el fundamento fáctico representado por la posesión de raigambre comunitaria o tribal. La misma deriva de cierto desarrollo combinado, mixtura entre actividades agrícolas y manufactureras, al interior de una comunidad reducida que -teniendo en cuenta tal modalidad específica- deviene primordialmente autosuficiente, albergando en sí misma prácticamente la totalidad de las condiciones de reproducción social.

El régimen socioeconómico, tipológicamente caracterizado bajo la denominación de “asiático”, adopta la estructura misma correspondiente a las condiciones, naturales y laborales, propias de los individuos que trabajan en su calidad de miembros autosuficientes de la comunidad; esta forma determina que los trabajadores –merced a su función- se constituyan de alguna manera en copartícipes de la propiedad colectiva. Asimismo, la vigencia de este “modo de producción” implica que la pérdida de la propiedad resulte casi imposible debido a que el integrante de la comunidad, considerado aisladamente, jamás establece una relación libre con aquélla, de tal carácter que pudiera hacerle perder su contacto económico y objetivo con la entidad comunitaria [10].

En las comunidades primitivas, acorde al enfoque de Polanyi, no prepondera el tipo de motivaciones ancladas en la búsqueda del beneficio, aunque se reprende la escatimación de esfuerzos enrolados en la prosecución del bien colectivo porque “el don gratuito es alabado como una virtud”; además, no se manifiesta la tendencia a la concreción de trueques, a la retribución en especie y al canje de productos.

Fácticamente, en tal ordenamiento el sistema económico constituiría una simple función de la organización social, como por ejemplo lo demostraría la práctica comercial kula, llevada a cabo históricamente en el marco geográfico de las islas Trobriand, donde no entraba en juego ninguna expresión de cambio o regateo, dentro de un conjunto de relaciones interpersonales dominado por un espectro de actividades absolutamente normativizadas, por medio del ritual ceremonial apoyado en connotaciones de rasgos “mágicos”.

Por otro lado, y desde una visión generalizadora, puede decirse que “todas las economías de gran escala que reposan en los productos de la naturaleza han sido gestionadas con la ayuda del principio de redistribución” [11].

Las formas esclavistas y serviles representarían únicamente instancias ulteriores respecto de la forma de propiedad asentada en la organización tribal, conllevando la reconversión ineludible del conjunto de caracteres asumidos por dicha forma. Al respecto, el modelo asiático remite a cierta formación socioeconómica menormente afectada por la esclavitud y la servidumbre, debido a que “en la unidad autosuficiente de manufactura y agricultura la conquista no es tan necesaria”, como sí lo es allí donde las relaciones de producción asentadas en la propiedad de la tierra, destinada a la actividad agrícola, ejerce una hegemonía absoluta en la configuración de la estructura social.

En la forma genéricamente denominada oriental la persona únicamente asume la figura de poseedor, no detentando en ningún caso la categoría de propietario, desde que él mismo es parte -en última instancia- de la propiedad, siendo “el esclavo de aquello en que se hace presente la unidad de la comunidad, y aquí la esclavitud no elimina las condiciones de trabajo ni modifica la relación esencial”.

En cambio, en el modo de producción histórico que identifica a la antigüedad clásica grecorromana, la tierra es ocupada por la entidad comunitaria deviniendo, por ejemplo, tal como sostenía Marx, suelo romano. Según esta concepción, los antiguos evaluaban en forma consensuada el trabajo de la tierra en cuanto ocupación propia del hombre libre y “escuela de los soldados”; ellos desconocían absolutamente la idea de dignidad asignada a la organización social de tipo gremial-corporativo, modelo recién surgido a partir del crecimiento urbano durante el medioevo europeo occidental [12].

Sin embargo, el enfoque durkheimiano permite un abordaje histórico minucioso respecto del perfil diferenciado que denotaban las corporaciones antiguas respecto de las modalidades asumidas posteriormente por los gremios en las sociedades cristiano-feudales. Partiendo de esta visión, durante el transcurso del imperio romano, numerosas categorías de comerciantes y trabajadores se constituyeron en colegios, que devinieron gradualmente engranajes de la administración desempeñando funciones oficiales, en la medida en que las distintas profesiones eran evaluadas en términos de determinados servicios públicos, cuyos respectivos entes corporativos asumían un compromiso y la carga correspondiente ante el Estado.

A posteriori, luego de un ocaso transitorio, aunque prolongado, entre la caída del imperio romano y aproximadamente el siglo XII, los artesanos vuelven a reunirse a través de asociaciones gremiales; esta reaparición demostraría el carácter imprescindible presentado por la organización corporativa allí donde se desarrolle alguna forma de división del trabajo, por elemental que ésta resulte.

Tal fenómeno obedece a que las corporaciones prestan servicios económicos insustituibles, pero también –y esencialmente- porque ejercen un alto grado de incidencia moral al contener la expansión desmedida de los egoísmos individualistas, propiciando un sentimiento de solidaridad compartido y deteniendo, en consecuencia, el estado crónico de guerra instalado en el marco de las relaciones económicas modernas, sean estas industriales, comerciales o laborales [13].

Las corporaciones romanas de artesanos cumplían las funciones propias de un colegio religioso en el que se practicaba un verdadero “culto profesional”, anidado en una concepción moral específica promotora de la beneficencia, que se concretaba mediante el reparto habitual -a cargo de la comunidad- de medios de subsistencia a los individuos más desposeídos. Durkheim precisa al respecto que ciertos colegios desempeñaban el rol de sociedades de socorros mutuos, dado que aquellas personas y grupos menos favorecidos económicamente contaban con el aporte del mencionado subsidio regular, disfrazado en su práctica de asistencialismo ocasional.

La organización doméstica en la Roma antigua da pábulo a la visualización proyectual del ente corporativo en términos de gran familia, aludiéndose en este sentido a una naturaleza básicamente fraternal cristalizada en las relaciones sociales, que remitía a una especie de parentesco espiritual, si se considera que la comunidad de intereses oficiaba en términos de “lazos de sangre”. 

El ente corporativo romano presentaba un carácter más religioso y menos profesional respecto de la connotación posteriormente adquirida por los gremios medievales, conformados éstos en el seno de sociedades cristianas y conformando un ámbito cualitativamente diferenciado en la comunidad, con relación al modelo antiguo. Corresponde señalar que en sus orígenes los cuerpos de oficios constituyeron una institución extrasocial, debido a que se encontraban en los márgenes del marco constitucional y no tenían incidencia sobre la estructura política.

En el mundo antiguo la propiedad privada se escinde de la propiedad comunitaria, entendida ésta en tanto equivalente de la estatal, desde que -siguiendo a Marx- “el individuo se convierte en propietario privado del suelo, de parcelas particulares, cuyo laboreo particular le corresponde a él y a su familia”. En esta etapa histórica la existencia de la comunidad -en cuanto ente inseparable del Estado- conlleva cierta relación recíproca entre propietarios iguales y libres, su vinculación mutua frente al peligro externo (cuando la actividad guerrera representaba la ocupación colectiva principal) y, además, la entidad comunitario-estatal se erige simultáneamente en la garantía de los propietarios.

Dentro de dicha instancia continúa siendo un presupuesto básico para la apropiación del suelo el hecho de ser miembro de la comunidad, aunque, legitimado por esta posición, el individuo pasa a ser propietario privado; de manera que la comunidad antigua resulta ya un “producto histórico reconocido como tal y constituye el supuesto de la propiedad del suelo, de la relación entre el sujeto que trabaja y los presupuestos naturales del trabajo, dados como algo que le pertenece”.    

La permanencia de dicha estructura comunitaria característica de la Antigüedad se explica por la conservación de un plano equitativo entre ciertos campesinos autosuficientes libres y por el mantenimiento del propio trabajo en cuanto requisito ineludible a efectos de garantizar su condición de “propietario estable”.

Dentro de este encuadramiento socioeconómico, se ubica al hombre en una situación posicional proclive a que, como su objetivo consiste en ganarse el sustento diario, su meta no radica en la obtención de riquezas sino en el mero logro de la supervivencia material vital. Tal mecanismo aseguraba su misma reproducción en cuanto integrante del cuerpo comunitario, al tiempo que también “su propia reproducción como propietario de la parcela y, en tal carácter, como miembro de la comuna”.

En tal escenario sociohistórico, la misma propiedad del trabajo -en cuanto tal- tiende a cristalizarse mediante el control sobre las condiciones de la labor productiva, en la medida en que el individuo -integrado a la comunidad- únicamente se reproduce a través del accionar cooperativo en el trabajo, orientado en dirección a las necesidades del colectivo del cual resulta partícipe, nítidamente diferenciado del tipo de relaciones laborales que apuntan específicamente a la neta producción de riqueza [14].

El aspecto funcional del conjunto de las entidades comunitarias descriptas consiste en el objetivo centrado en su propia conservación, lo cual implica el acto de la reproducción -en tanto propietarios- de los individuos que las integran y la correspondiente a su propia condición material de existencia. Ésta a su vez remite a las formas interactivas de sus miembros, configurando -por ende- la “comunidad” propiamente dicha, aunque cabe acotar que históricamente dicha reproducción conduciría ineludiblemente a nuevas modalidades socioproductivas y a la consecuente disolución de la forma antigua.

Por otro lado, conviene indicar que, durante el periodo medieval, entre los pueblos germanos, la propiedad de las personas no resultaba mediada por la comunidad, sino que la existencia de ésta y de la propiedad comunitaria se manifiesta a través de una relación recíproca entre individuos independientes, teniendo en cuenta que el “todo económico” se encuentra contenido en cada casa individual, representando la misma un centro autónomo de producción [15].

 

[1] POLANYI, Karl (1997): La gran transformación. Crítica del liberalismo económico; Madrid, La Piqueta/Endymion.

[2] MARX, Karl (1995): Formaciones económicas precapitalistas; México, Siglo XXI, pág. 289

[3] MARX, K., ob. cit., págs. 68-69

[4] POLANYI, K., ob. cit., pág. 97

[5] GORZ, André (1998): Miserias del presente, riqueza de lo posible; Bs.As., Paidós, pág. 127

[6] POLANYI. K., ob. cit., pág. 88

[7] MARX, K., ob. cit., págs. 93-94

[8] DURKHEIM, Emile (1995): La división del trabajo social; Madrid, Aikal, pág. 207

[9] POLANYI, K., ob. cit., págs. 90-91

[10] MARX, K., Formaciones, ob. cit., págs. 69-70, 74 y 92-93

[11] POLANYI, K., ob. cit., págs. 93 y 95

[12] MARX, K., ob. cit. págs. 90-91 y 75-76

[13] DURKHEIM, E., ob.cit., Prefacio a la segunda edición

[14] MARX, K., ob. cit., págs. 71/74

[15] MARX, K., ibidem, págs. 91 y 78-79

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